La educación es un factor esencial en el desarrollo personal y social. De hecho, junto con la salud y la generación de ingreso, es uno de los pilares del índice de desarrollo social. Más que un medio para alcanzar otros objetivos, la educación puede concebirse como un fin en sí mismo puesto que contribuye al enriquecimiento de la vida misma, y puede entenderse como una libertad fundamental de las personas. La educación permite el desarrollo de habilidades, conocimientos y destrezas que determinan la realización de los proyectos de vida de las personas, sus oportunidades laborales y de generación de ingresos, y, en ese sentido, es también un medio para el desarrollo individual y colectivo.
En ese sentido, los ingresos son un medio que empodera a las personas para que definan y sigan sus propios caminos a fin de llevar una vida plena y con mayores libertades. En efecto, el nivel educativo es uno de los factores más importantes que influyen en el bienestar subjetivo, en las percepciones de desigualdad y de confianza. Esto se explica porque la mayor y mejor educación está asociada con mayores ingresos, mayor participación en el mercado laboral y en un mejor estado de salud. Más allá de los ingresos, las personas con bajo logro educativo tienen menores niveles de confianza interpersonal y en las instituciones, lo que puede limitar la asociatividad y, con ello, su productividad.
Por sus efectos en todas estas dimensiones, uno de los objetivos de desarrollo sostenible se enfoca en la necesidad de garantizar una educación inclusiva, equitativa, de calidad, y de promover oportunidades de aprendizaje durante toda la vida y para todas las personas. Al mismo tiempo, contar con personal cualificado permite a las empresas aumentar la eficiencia laboral, incorporar tecnologías en el proceso productivo y generar innovación, lo que impacta positivamente en la productividad. De esta manera, la formación de alta calidad de las personas, se vuelve accesible y acorde con las necesidades sociales y económicas, es un movilizador del desarrollo personal y colectivo, la movilidad social y el crecimiento económico sostenible. Nuestro Ecuador es uno de los países del mundo con mayor desigualdad de ingresos, la cual ha persistido por décadas, y detrás de este fenómeno se encuentra una importante desigualdad en las oportunidades de educación. Actualmente, muchos ecuatorianos residentes rurales, afrodescendientes, indígenas y pobres carecen desde temprana edad del acceso a servicios de educación de calidad, lo que les impide alcanzar su máximo potencial y termina perpetuando la desigualdad entre generaciones.
El país tiene en la actualidad una de las tasas más altas de persistencia de desigualdad entre una generación y otra, la cual se origina, en buena parte, porque el nivel educativo de los padres que tiene una fuerte influencia en el logro educativo de los hijos. En Ecuador la movilidad social es muy baja: un niño que nace en un hogar de bajos ingresos tardaría 11 generaciones en alcanzar el nivel de ingreso medio del país. Con el presente se trata de entender mejor la persistencia de las altas desigualdades y la baja productividad en el país, donde la educación está en el centro de lograr mayor igualdad, crecimiento y desarrollo personal y social. La relación más directa entre desigualdad y productividad se materializa a través del mercado laboral. Las brechas educativas se traducen en diferencias en las habilidades con las que las personas ingresan al mercado laboral, lo cual implica grandes disparidades en el acceso a empleos de calidad.
