P. Milko René Torres Ordóñez
La misión de Jesús llega a los confines más desconocidos en aquel entonces. Al igual que ayer, su compañía llena de confianza y paz a todo aquel que sigue sus pasos. Con su pedagogía, innovadora e impactante, atrae multitudes. Fomenta la presencia de hombres y mujeres, leales. También, detractores. Llama la atención todo lo que hace. Enseña con gestos, palabras y hechos. Su actuación prodigiosa en el mar de Galilea culmina con el retorno a Nazaret. La tierra en la que creció. El lugar en donde aprendió a ver la vida desde la mirada de Dios, bajo el amparo de José y María, sus padres, custodios y guías. Nazaret, entorno de paganos. Frontera de mala muerte. Puerta de entrada y salida de ejércitos y tropas romanas.
La pregunta que Jesús hizo a un joven Natanael, uno de sus discípulos, es muy elocuente: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?”. Jesús, una vez más, asume el riesgo de un nuevo escarnio. En el relato del Evangelio según San Marcos subyace una cristología implícita. El autor sagrado quiere mostrar a Jesús dispuesto a darse a conocer, abiertamente, a quienes antes andaban preocupados por Él. Bajo el conocido dicho popular, “Nadie es profeta en su tierra”, actúa con mucha libertad. Al igual que un judío, común y corriente, acude un día sábado a la sinagoga de su pueblo. Lee y comenta la Escritura. Una acción normal, en apariencia, porque las consecuencias de su hacer y quehacer, despiertan emociones y pasiones de variada naturaleza.
Los habitantes de Nazaret, sus paisanos, no ocultan su reacción. El asombro espontáneo resulta comprensible. Muchas preguntas. Una de ellas, tan lógica como su conocimiento de la realidad que los circunda: “¿De dónde le viene a Él esto?”. Una forma de enseñar e interpretar la Sagrada Escritura que abarca un compendio de nuevas ideas. Quizá, una exégesis bíblica actualizada, o una hermenéutica muy aterrizada en ese momento. Él, no vino a cambiar nada de aquello que se ha escrito. Vino a darle cumplimiento. Un razonamiento tan lógico como el devenir de su historia recurrente. Jesús, buen Maestro, logra su objetivo. Escucha el interrogante que quiere contrastar con suma astucia. De hecho, la intención del Evangelio según san Marcos gira en torno a esta cuestión. Sus interlocutores adelantan con cierta premura sus respuestas.
Tal vez, en la dirección equivocada: “¿No es éste el hijo del carpintero?”. De un ciudadano muy conocido llamado José. De una mujer, sencilla y servicial, María. Con frecuencia, las reacciones primarias provocan asombro, escándalo e incomprensión. Ignoran la presencia de Dios en lo conocido y habitual. Ellos, escuchan, miran, todavía no entienden lo que sucede. Un remolino de ideas, de palabras nuevas, con un sentido desbordante, de acuerdo a las normas que sugiere la interpretación de sus rabinos. Un sábado para recordarlo. San Marcos lo escribe, con el paso de los años. Ha llegado a nosotros como un testamento muy valioso. Un tesoro escondido que enriquece supremamente nuestra vida de fe. El contenido de esta enseñanza es claro: donde esperamos encontrar acogida, vamos a recibir indiferencia, incomprensión. Hostilidad. Nos cuesta recibir a Dios. Preferimos continuar anclados en un estilo de vida a nuestra medida.
