Campos Ortega Romero
Cuántas acusaciones, cuánta crítica contra quienes nos dirigen, cuántos señalamientos sobre sus intenciones, sobre su revestimiento moral, sobre su desempeño ético… ¿Qué ha pasado con ellos? O mejor dicho, ¿qué ha pasado con nosotros como sociedad, como país? La respuesta es simple: nada, nos falta ética.
Ecuador se ha convertido en un gran bazar donde a diario nos jugamos la vida, donde no existen reglas claras ni límites establecidos. Un país que vive a la intemperie moral, lleno de confusión, de anarquía, de riesgos ocultos, de alta vulnerabilidad, de infinita incertidumbre, a merced de corruptos, truhanes, bellacos… Y tristemente, muchos de los llamados “líderes” no son la excepción.
En la actualidad, buena parte de nuestro liderazgo se erige como emblema de nuestro colapso moral por su carencia de escrúpulos, por su desconocimiento de límites, por su abierta complicidad con oscuras componendas y tétricas corruptelas. Líderes que prometían actuar con sentido de pertenencia, con honestidad, con patriotismo, con honradez, pero al final se consumieron y se consumen en piras de orgías y venganzas, en una prolongada noche de avaricia e inmoralidad, con nuestra complicidad y anuencia.
Usted se preguntará: ¿Qué hacer ante este desastre? que cada día nos conduce al derrotero y pobreza, consideramos que se requiere construir un nuevo sistema de dirección, de orden, de respeto, de civilidad, integrado por ciudadanos comprometidos, honestos, responsables. Personas distinguidas por su educación, por la pureza de sus acciones, por sus altos valores morales, en quienes la sociedad encuentre mucho que imitar y poco que corregir. Y he allí el dilema… Durante mucho tiempo, a través de nuestros artículos periodísticos, hemos venido alertando sobre la impostergable necesidad de impulsar la ética en nuestro país en los disímiles campos de nuestra vida, y en especial, en el campo de la política y de la acción gubernamental. Pero cuando uno propone el tema ético como algo prioritario, en reuniones o en privado, las reacciones de los interlocutores suelen ser de rechazo inmediato, cuando no de ironía o risa, porque consideran que es de ingenuos pensar, por ejemplo, que en la política contemporánea, tan afectada por la mentira, la prevaricación, el transfuguismo, el desenfreno, el compadrazgo y el uso indebido del patrimonio público, puede existir un espacio para la ética.
En este contexto no es de extrañar entonces, el pesimismo de tantos interlocutores (académicos, líderes de opinión, intelectuales, ciudadanía en general), cuando se refieren a la corrupción como un problema que no tiene solución, o cuando afirman que la corrupción es inherente al ser humano y que el hombre nace y muere corrupto, siendo esta postura totalmente discutible.
Estamos convencidos de que no hay sociedad que garantice la libertad y el bienestar de los ciudadanos sin la sujeción a una norma moral común e independiente, que esté por encima de ideologías, de intereses partidistas, del poder económico o de la conveniencia de los poderosos. Ninguna realidad social está al margen de la ética. Ningún hombre ni ningún país pueden salvarse sin ética.
La ética demuestra que cuando se rescatan y fomentan en los ciudadanos sus valores, estos construyen, reconstruyen, fortalecen, motivan, dan integridad y crean una identidad que conduce a una actuación de mayor honradez, obligación y compromiso. Una conducta libre orientada a la realización del bien, mediante el cumplimiento del deber; por lo tanto, “a mayor cultura ética, mayor cambio de actitud en la ciudadanía”. Reflexionamos que ese es el camino, largo pero hay que llegar, así otros (los de siempre) no lo quieran. El maestro Fernando Savater Señalaba que históricamente la batalla contra la corrupción nunca puede ser ganada del todo; sin embargo, recomendaba la necesidad de instancias independientes con poderes amplios y suficientes medios para ejercer vigilancia y controlar sus desmanes, pero insistía en algo aún más importante: “un verdadero compromiso de los ciudadanos contra esa lacra, no ocasionales rabietas frente a tal o cual abuso”.
Y aunque pareciera tortuoso el camino por recorrer, nos inspiramos en lo que dijera el filósofo chino Lao-Tsé hace siglos: “Un viaje de mil millas comienza con el primer paso”. Usted tiene la palabra. Así sea.
