Leer es moverse en un océano de incertidumbre

Galo Guerrero-Jiménez

La voluntad para leer y escribir no está centrada en una tercera persona, por influyente que esta sea en la conducta de un lectoescribiente. Es él el que toma la decisión de adentrarse en un campo de lenguaje que le parece adecuado, aunque muchas de las veces se sienta sorprendido, preocupado, exaltado, quizá iracundo por lo que en el texto o en la pantalla aparece con una fuerza abrumadora, contundente, atrevida o sumisamente expuesta a la interpretación del lector.

Ser lector es llegar a tener una guía de conduta por la cual se desea transitar con su biografía a cuestas, porque solo así se puede adentrar en esa selva de lenguaje que a veces va marcada por la incertidumbre, por la sorpresa y por una simbología infinita de habitar el mundo en medio de la finitud de ese lector que, lo que pretende es llegar a tener una reflexión filosófica de ese conocimiento literario, científico, artístico-cultural o de la índole que sea; eso depende del gusto y de la inclinación por un tema que del conocimiento humano haya decidido optar para robustecer su condimento socio-intelectual en el campo del saber que le debe ser benigno a ese lector que va adecuando su conducta de pensamiento metacognitivo y meta-psico-socio-lingüístico asumidas en dirección a la posesión de una estética y de una ética lectoras adecuadamente fluidas en la conformación de una vida, en cuya alteridad el lector entra en confluencia dialógica y reflexiva no solo con la otredad del texto, sino con la humanidad y la naturaleza a la cual pertenecemos como “seres relacionales que andamos necesitados de ‘ámbitos de protección’, tanto físicos como simbólicos” (Mèlich, 2020).

Por supuesto que, tratar de leer desde esta óptica humanística y filosófica, es ir de la mano con el pensamiento del filósofo Joan-Carles Mèlich, cuando, de manera categórica, afirma que “leer es moverse en un océano de incertidumbre. Un pensamiento lector es incierto, fragmentario, asistemático, es un pensamiento que acaba volviendo sobre sí mismo, sobre sus propios pasos, porque pensar en relación con la lectura significa repensar, admitir que nunca se llega a feliz término, porque leer es siempre leer de otro modo, porque no hay lectura definitiva” (2020), acabada, perfecta; sino, abierta al mundo de ese lector que reflexiona ese lenguaje leído.

La contundencia de esta realidad lectora tiene su propia tonalidad, su ritmo muy personal en cada lector que, poco a poco, va fraguando su narratividad, incluso, una tonalidad poética y filosófica; por supuesto, muy diferente a la tonalidad unidireccional de leer instrumentalmente un texto en la escolaridad y a veces hasta en la academia, cuando la postura de leer está dictaminada solo para cumplir con una tarea específica, arrítmica y aburrida, por la carencia de variaciones que un texto, de manera cerrada y terminal, aparece nominada por el docente que, si no logra obtener una tonalidad en cuanto reflexión sobre la naturaleza humana y en consideración a los puntos de vista que puede tener ese alumno lector, pues, esa circunstancia áulica de leer así, por falta de una adecuada narratividad, se vuelve nula, amorfa, insípida, sin sentido para nada que no sea la mera forma de un cumplimiento raquítico, puesto que, ese ser lector, atrapado en la verticalidad de esa vida estudiantil, pierde su exquisitez de ente pensante.

Por lo tanto, solo la lectura que, por su cuenta y voluntad, emprende cada lector que, entusiasmado, se acerca al texto, es el que está en circunstancias de evidenciar “los tonos y temas que atraviesan su filosofía: la exaltación de la tierra, el anhelo metafísico, la biología entendida como teología, la identificación con la naturaleza, la relación con lo innominado” (Han, 2024), y todo tipo de reflexiones y tonalidades que en calidad de ideas pueda imaginar dentro de las dimensiones biográficas y culturales que a cada lector le son inherentes.