El baúl de los recuerdos: La excelencia artística de Edgar Palacios

Efraín Borrero E.

Hace pocos días y con ocasión de la presentación de la obra RutiMatilde en honor a la ilustre lojana Matilde Hidalgo de Prócel, tuve la dicha de saludar y abrazar a Edgar Augusto Palacios, mi buen amigo, nacido en Loja el 7 de octubre de 1940.

Fue invitado especial para dedicar una serenata a Matilde. Interpretó cuatro canciones, la primera de las cuales fue un pasillo compuesto por Antonio de Jesús Hidalgo Navarro, su hermano mayor y destacado compositor, pianista y profesor de música. Recordemos que los dos hermanos son autores del Himno a Celica: Matilde de la letra y Antonio de la música.

Con Edgar Palacios, al que sus amigos cercanos lo llaman “Coto Palacios”, nos conocemos desde la juventud porque con el conjunto “Los Delfines”, que conformó junto con Stefan Valarezo, Alfredo Tapia, Jorge Ochoa, Rafael Soria y Jorge Valarezo, animaba nuestras reuniones bailables que frecuentemente organizábamos los días sábados, de dos a seis de la tarde.

Como era tan popular – y para muchos un ídolo -, a lo largo del tiempo la prensa local hacía conocer ciertos hechos relacionados con sus pasos artísticos; pero fue años después, en el 2020, que conocimos completa y minuciosamente su vida privada y artística porque la publicó en su libro “Edgar Palacios, Vida de Viento y Metal”.

Destaca que su madre, Julia Palacios Moreno, dedicada al arte de la floristería, fue quien le enseñó, con su ejemplo, virtudes y valores que ha conservado siempre y se han convertido en norma de vida; por ejemplo: el trabajo, para adquirir cualidades como la laboriosidad, la puntualidad y el optimismo.

Por aquel tiempo la municipalidad tuvo la genial iniciativa de dar trabajo a niños y jóvenes durante la época vacacional escolar, arreglando el adoquinado en calles y realizando labores de picapedreros, carretilleros, acarreador de materiales y otras actividades afines, y allí estuvo Edgar al pie del cañón ganándose sus monedas.

También fue asignado a tareas en la construcción del sistema de agua potable para Loja, y trabajó como campanillero del carro de la basura, caminando a unos treinta metros del vehículo avisando a la gente con el toque de la campanilla que saquen los desechos.

En esas circunstancias encontró botada una flauta dulce, que luego de lavarla y desinfectarla se propuso tocar canciones que al final fueron varias. Cuando ingresó al Colegio Bernardo Valdivieso se constituyó en el flautista del establecimiento.

No se amilanó en trabajar como lustrabotas y vendedor del semanario Liberación. Esas actividades dejaron honda huella en su vida.

Le gustaba la música desde muy niño. Correteaba detrás de las bandas militares cuando desfilaban cerca de la casa, y poco tiempo después participó en las misas de algunas celebraciones religiosas que se realizaban en la Iglesia de Santo Domingo, tocando pandereta, maracas, el gallito con agua y la peinilla con papel celofán, por lo cual recibía veinte centavos de sucres por cada misa.

Sin embargo, fue en el Colegio Bernardo Valdivieso, al que ingresó en 1952, en donde se inicia su formación en la música instrumental. Durante tres años integró la estudiantina del colegio dirigida por el maestro Segundo Cueva Celi, que fue el forjador de su personalidad, cimentador del conocimiento artístico y guía de profundos y verdaderos valores humanos; pero lo más importante y determinante, en sus palabras, fue haber integrado la banda de música del establecimiento dirigida por el maestro Segundo Puertas Moreno. La iniciativa surgió en el rectorado de Salvador Valdivieso Burneo y continuó con Pedro Víctor Falconí.

De esa banda salió el conjunto Los Delfines que causó furor en Loja y en los escenarios que se presentó. En Cali, Colombia, ciudad a la que viajaron acompañando a los estudiantes en su gira de egresados logró grandes éxitos, especialmente cuando actuaron en la famosa Radio Caracol.

Por aquella época conoció a la bella y encantadora Marcia Beatriz Mendieta de la que se enamoró apasionadamente y con la cual contrajo matrimonio años más tarde, Fue tan grande el amor por Marcia que cuando falleció el 24 de septiembre del 2007, en la ciudad de Quito, frecuentaba el campo santo donde reposan sus restos mortales llevando un ramo de flores y su trompeta para interpretar alguna canción que a ella le gustaba.

Edgar sentía la necesidad de perfeccionar sus estudios y profesionalizarse en la música, con ese propósito realizó algunas gestiones para conseguir una beca. Por 1962 recibió la aprobación de becas a EE.UU., Italia y Rumanía, decidiéndose por este último país, porque a diferencia de los otros oferentes, Rumanía otorgaba cinco años de estudios superiores completos en el área musical, mientras que los demás brindaban simplemente un corto ciclo.

Para optar la beca de estudios a Rumanía fue necesario someterse al concurso establecido, como también lo hicieron Víctor Bastidas Jiménez para electrónica y Numa Maldonado Astudillo para ingeniería agronómica, que igualmente fueron favorecidos. Edgar reconoce que las becas se hicieron realidad gracias a las gestiones realizadas en Praga por Guillermo Falconí, quien en ese entonces era representante del Ecuador ante la Unión Internacional de Estudiantes.

Como el viaje a Bucarest, capital de Rumanía, corría a cargo de los becarios, Edgar tuvo gestionar el apoyo de la Universidad Nacional de Loja, de la señora Luz Burneo de Valdivieso y de algunos artistas lojanos.

Con las maletas listas y después del abrazo y lágrimas de familiares y allegados, los tres becarios emprendieron el largo viaje al continente europeo. Edgar, abrazando a Marcia le dijo que muy pronto estarán juntos en Rumanía, y ella asintió entre sollozos moviendo su cabeza.   

Partieron del aeropuerto de Catamayo el 7 de septiembre de 1962 en vuelo hacia Guayaquil, y desde ahí tomaron un bote hasta la Isla Puna para abordar el barco de pasajeros de la flota italiana Antoniotto Usodimari que los transportaría a Génova.

Numa Maldonado me comentó que utilizaron la vía marítima por el costo con relación al viaje aéreo, y que lo hicieron desde la Isla Puna porque aún no estaba habilitado el Puerto Nuevo de Guayaquil,

Desde Génova tomaron el tren para llegar a Bucarest, pasando por Viena, Praga y Budapest, en un viaje que duró algo más de un mes en total. En cada puerto que atracaban durante el trayecto hacia Génova, Edgar enviaba tarjetas postales a su madre y a Marcia.

Edgar Palacios se destacó como estudiante de trompeta y así lo reconocían sus profesores de alto nivel académico y gran prestigio. Su abnegación y sacrificio fueron la constante para el logro de grandes objetivos, como el hecho de ser protagonista en revistas musicales y en programas televisivos, en uno de los cuales el presentador lo mencionó como “Edgar Palacios, la trompeta de Cristal”.

Pero asimismo enfrentó la nostalgia por su tierra, por su madre y su amada Marcia, con quienes las cartas, que demoraban de uno a dos meses en llegar, eran era el único medio de comunicación. En una de ellas, Edgar descargó toda la fuerza de sus sentimientos y propuso matrimonio a Marcia, solicitándole el envío de algunos documentos.  

Un poco desconcertada, Marcia le remitió la documentación requerida a fin de que Edgar pueda formalizar el matrimonio acudiendo al consulado del Ecuador en Viena. Luego del trámite respectivo suscribió el acta de matrimonio que le fuera entregada por el secretario, quien con una sonrisa expresó: “Señor Edgar Palacios, usted ha contraído matrimonio con la señora Marcia Mendieta, le deseo una feliz luna de miel”.

Marcia hizo lo propio en Loja con el poder que Edgar le envió para que Daniel Reyes lo representara, con lo cual quedó completo el vínculo matrimonial y el asunto pasó a ser algo así como una fábula.  

Poco tiempo después Marcia viajó a Rumanía para encontrarse con su esposo.  Se casaron por la iglesia católica en Bucarest e iniciaron una vida feliz que fue perdurable.  Allí nació su hija Ada Yobanca.

Culminados los estudios en forma exitosa y con todos los honores, Edgar Palacios retornó al Ecuador con su familia, a fines de junio de 1965, dando inicio a una época de más de medio siglo en la que su formación académica y talento artístico lo han convertido en un insigne músico, compositor, trompetista, gestor cultural y maestro, erigiéndose en una de las figuras artísticas más importantes de Loja y el país.

Lo primero que hizo fue preparar un magno concierto para demostrar a sus conciudadanos lo que había aprendido de sus maestros y agradecer las muestras de afecto recibidas durante el curso de sus estudios. Fue todo un éxito y mereció los mejores comentarios.

Luego vino su actividad artística académica partiendo de su labor como director de la Escuela Superior de Música Salvador Bustamante Celi, en cuya gestión se destaca el proceso de formación y difusión de la orquesta que terminaría siendo en el futuro la Orquesta Sinfónica de Estudio del Conservatorio, base fundamental para la constitución de la Orquesta Sinfónica de Loja.

Posteriormente y a grosso modo se puede mencionar los siguientes hechos: la creación del Conjunto Universitario de Loja, un verdadero acontecimiento cultural que paseó el prestigio de Loja por Europa y Asia; su incorporación al Consejo Provincial de Pichincha para la creación de la Banda Juvenil de Pichincha y otros conjuntos más; la capacitación y dirección de las bandas del ejército; y, el proyecto con alto contenido social y profunda solidaridad humana que ha sido aplaudido y reconocido a nivel nacional e internacional: la creación del Sistema Nacional de Música para Niños Especiales- Sinamune -.

Edgar ha formado más de dos mil músicos y ha compuesto alrededor de 150 canciones, incluyendo las de carácter social, himnos para instituciones y marcha para jóvenes. Ha grabado 40 álbumes de música clásica ecuatoriana, así como canciones patrióticas; pero sin duda, su más importante y sobresaliente trabajo compositivo es la Cantata Popular Ecuatoriana “Boletín y Elegía de las Mitas”, considerada la obra cumbre del poeta César Dávila Andrade, escrita en formato de Orquesta Sinfónica con coro polifónico, solistas y declamador,

En 1.987 fue declarado el Mejor Ciudadano de Loja; el Ministerio de Defensa le entregó la Condecoración de la Orden Nacional al Mérito Rumiñahui, y, en el 2006, fue reconocido con el Premio Eugenio Espejo por su contribución al patrimonio cultural del Ecuador.

Por encima de esas honrosas y merecidas distinciones, el mayor reconocimiento y gratitud está en el alma de los lojanos que nos sentimos orgullosos de tener a uno de los mayores íconos artísticos del Ecuador.