Todo pueblo tiene el sistema de gobierno que el pueblo proyecta

Campos Ortega Romero

campolin2010@hotmail.com

Los últimos acontecimientos sucedidos en nuestro país, como las marchas de protesta, por el alto costo de vida, falta de atención médica, alza del valor de la gasolina, falta de empleo, ausencia de mejor trato en las instituciones públicas como Hospitales, Centros de Salud Publica, recorte presupuestario de  la educación pública, en todos sus niveles,  apagones a diestra y siniestra constituyen elementos y caminos que nos conducen a la pobreza extrema, errores que se hacen imposibles de emendar, ante esta realidad lacerante, el pueblo bien gracias, la protesta del puño levantado, por días mejores para nuestro pueblo, no asoma al alejarse de las protestas e inconformidad de una realidad que espanta y nos conduce al pantano de la desidia y el olvido. Acciones todas que nos recuerda que toda nación tiene el gobierno que se merece significa por lo general, que los vicios y las virtudes inherentes a los gobernantes de turno tienen origen o son reflejo de la sociedad a la cual pertenecen.

Este pensamiento político, autoría de Joseph de Maistre Conde de Chambéry, nacido en 1753, en el Ducado de Saboya –Francia-máximo representante del pensamiento conservador de la época, en contra de las ideas de la ilustración y la Revolución francesa- hace referencia a la eficacia de las instituciones democráticas y el poder de la participación ciudadana, en la escogencia de sus representantes o gobernantes y además, pone de manifiesto la importancia de la cultura política en las sociedades contemporáneas.

Lo cierto es que, la democracia perfecta no existe; Jean-Jacques Rousseau expresaba “la democracia perfecta solo puede existir en una sociedad de ángeles”, pero sin duda alguna, este sistema político es una aspiración o un ideal, donde los ciudadanos regulan o establecen reglas de convivencia ciudadana y establecen equilibrio de poderes. Es un sistema político que consagra un conjunto de actitudes, valores y creencias, donde se promueve el respeto por las diferencias, la diversidad, pluralidad, suscitando el acatamiento a normas, principios y respeto a las libertades de cada ciudadano.

Es decir, en un sistema democrático, los ciudadanos participan en la toma de decisiones, para concebir el bien común. Y ese bien común, se manifiesta mediante el legítimo derecho y prerrogativa constitucional que tienen los ciudadanos de elegir y ser elegidos, mediante el mecanismo del voto, por lo tanto, la democracia no funciona sin la participación de los ciudadanos. 

A menudo los medios de comunicación hacen eco de los escándalos de corrupción en nuestros países, pero omiten que estos deslices obtienen su relevancia por su pertenencia a la esfera pública, pudiéndonos encontrar con iguales o peores muestras de corrupción en la esfera privada. No queremos convertirnos en apologistas del corrupto, todo lo contrario, señalamos que la única vía para acabar con este mal, es asimilar que un gobierno es tan corrupto como lo sea su sociedad. Por lo tanto, los vicios y abusos del mando son el barómetro con que se mide la decadencia moral de una nación.

La corrupción va más allá de la malversación de los fondos públicos, su significado clásico y etimológico se refiere a la destrucción colectiva de los valores y principios que permiten el orden. Está dotado de un sentido estrictamente ético. Las sociedades tienen diferentes grados de permisividad con respecto a la corrupción.

La regeneración empieza por nosotros mismos. Es incoherente exigir lo que no podemos cumplir, por lo que el primer paso para mejorar nuestra sociedad, y por ende nuestro gobierno, está en cambiar nuestra conducta. Se educa con el ejemplo.

¿No será que convivimos más de lo que creemos con corruptos? Retomando el tema principal, cada nación tiene el gobierno que se le parece, pues más allá de asuntos estructurales como la toma de decisiones, las principales magistraturas proyectan el estado ético del cuerpo social. Si el reflejo proyectado por el espejo es deplorable, la solución no es un simple cambio de espejo, sino la transformación de quién se observe de cara al mismo.

Dicho de otro modo, no importa cuántas veces cambiemos de gobierno, obtendremos los mismos resultados si primero no nos elevamos a través de la práctica de las virtudes, o al menos nos exigimos una mayor rectitud a nivel ético.

Dice el dicho que Dios está en los detalles, por lo que sería iluso esperar que surjan estadistas decentes y competentes en una nación cuyos habitantes se comportan como manada de bárbaros al abordar un transporte público, o que malgasten su capital en banalidades en lugar de educación. Al respecto, el sociólogo venezolano Laureano Vallenilla Lanz sentenció con total acierto: “todo pueblo tiene, no el Gobierno que se merece sino el sistema de Gobierno que él mismo produce de acuerdo con su idiosincrasia y con su grado de cultura”. Así sea.