Galo Guerrero-Jiménez
Todos los seres humanos poseemos una voz interior, una especie de tonalidad única para percibir, a través de la mente, los átomos del ser y de la naturaleza que nos hace validar nuestra existencia en forma de creencia en algo: en el conocimiento, en la fe, en la razón y en la existencia de una razón más fuerte que uno, es decir, en un modelo de vida que nos hace crear su propia narratividad, con un estilo único, cuando con naturalidad podemos acoplarnos a lo que nos dictamina nuestro ser y el ser del otro que desde el conocimiento y la sabiduría que posee la otredad, es factible comunicarnos cuando parlamos, escuchamos, leemos o escribimos en cualquier medio tecnológico que esté a nuestro alcance: el cuaderno, el lápiz, el papel, la pantalla; pero, ante todo, con la viva materia espiritual de la otredad cuando está presente frente a un yo que, de hecho, tiene su tonalidad de pensamiento para abrigarnos intelectual y emotivamente con esa voz interior que palpa la realidad en cada encuentro con la alteridad.
Y, como es lógico, todo funciona bien o mal según nuestro estado mental que, por supuesto, está influido permanentemente por el contexto en el cual nos desenvolvemos ecológicamente; como dice Joseph Murphy: “Todo pensamiento es una causa, y todo estado posterior es un efecto. Por eso es imprescindible que te hagas cargo de tus pensamientos. De ese modo, solo producirás estados deseables” (2014), los cuales, cuando son luminosos, sinceros, transparentes, son claros y, por ende, irradian una luz, un sendero que provoca bienestar.
Por lo tanto, como señala Han, es necesario aprender a “pensar microscópicamente; palpar los átomos del ser” (2024), es decir, esa substancia espiritual, de conocimiento, de sabiduría, de rebeldía, de crítica, de reflexión, de orientación, de diálogo, con esa voz interior que posee, por ejemplo: un profesor cuando está frente a sus alumnos; un padre de familia, frente a sus hijos; y, un texto, frente al lector que, microscópica y micropolíticamente puede empoderarse de esa porción de lenguaje que palpita en cada línea, bien en la pantalla o en la hoja de papel, que es en donde mejor fluye un estado mental de relajación, de felicidad, de gozo, de placer, incluso de rebeldía, frente a un lenguaje que crea realidades internas y diversas en cada lector.
En efecto, qué es lo que pienso mientras leo, escucho, converso o escribo un texto determinado. ¿Cuál es esa voz interior que he logrado crear? Como indica Han: “Los textos que carecen de voz interior están muertos. Tan solo constan de información. En cambio, la voz interior es el puntum del texto” (2024). Y ese es el gran problema de la información que hoy circula digitalmente. Puede ser la información más bella del mundo la que aparece en la pantalla, pero si el internauta no logra examinarla desde esa voz interior, microscópica y micropolíticamente, se pierde ese efecto mágico, luminoso, que posee la información adecuadamente examinada por el lector que logra crear una narratividad viva, elocuente, a través de esa voz interior, de honda interioridad, como la que aparece en Roland Barthes cuando habla del placer y del goce de un texto leído, cuyos efectos microscópicos son contundentes:
“¿Será el placer un goce reducido? ¿Será el goce un placer intenso? ¿Será el placer nada más que un goce debilitado, aceptado y desviado a través de un escalamiento de conciliaciones? ¿Será el goce un placer brutal, inmediato (sin mediación)? De la respuesta (sí o no) depende la manera en que narraremos la historia de nuestra modernidad” (2015), es decir, de nuestro presente actuante que, en relación con la otredad del texto, reacciona hasta crear esa voz interior pensante. Por supuesto, “el pensar no vale por sus frutos, sino porque desgarra el ser, porque engendra un extraño: un ser que no está ocupado, sino pre-ocupado por el sentido de su ser” (De la Borbolla, 2019), que vive buscando su propia tonalidad, su voz interior.
