P. Milko René Torres Ordóñez
El Evangelio según San Marcos narra el retorno de los Doce que han vivido una experiencia misionera. El encuentro con Jesús es reconfortante. El reposo de los apóstoles, más que ambientado en un contexto geográfico, nos traslada a un mundo de contrastes. La actividad que han desarrollado los enviados por Jesús parece que ha alcanzado los objetivos previstos.
Muchas personas acuden con libertad hacia ellos. Después de una extenuante labor merecen un descanso. Jesús, los acoge con benevolencia. Los comprende. Los invita a un lugar tranquilo. Con Él, en un ambiente de paz, quieren recuperar sus fuerzas. Disfrutan de un tiempo de intimidad. Sin embargo, este legítimo deseo no se cumple en su totalidad. El anhelado reposo, personal y comunitario, tiene un giro. En ese momento, van a conceder el reposo a los que vienen con ellos. El amor, suma de compasión y solidaridad, brilla como un nuevo amanecer.
La población, pendiente de las acciones de Jesús y sus apóstoles, recibe un maravilloso regalo. El Maestro los mira con atención. Junto a Él hay un rebaño que no tiene pastor. La escena que narra San Marcos acentúa la puesta en escena de un drama. Empieza el relato de la “sección de los panes”. El pan, de hecho, constituye el factor que predomina en los relatos armonizados con maestría. Jesús, es el buen pastor que reúne a las ovejas abandonadas y descarriadas. Las conduce hacia pastos tranquilos. Él es el mayor de los profetas porque comparte el gozo de la plenitud del Espíritu Santo.
Los gestos y palabras con los que Jesús desarrolla su plan de cercanía prefiguran el nacimiento de un sacramento tan eterno como la gloria celestial: la Eucaristía. La misericordia del Señor, inagotable como una fuente de agua viva, calma la sed de tantos hombres y mujeres que buscan paz y sosiego. De nuevo revivimos las palabras proféticas de un anciano santo y venerable, Simón, que supo enmarcar en cuadro de oro la humildad del buen pastor. Jesús, desde siempre, va a llevar en su pecho las insignias que estigmatizan su rol, identidad suprema de una gran misión: será bandera discutida. Por Él y con Él muchos caerán y se levantarán. Las palabras de Jesús, un banquete para todos, satisfacen la utopía de quien busca, encuentra, disfruta de espacio de solaz. Plenitud. Gracia. Amor sin límites. El buen pastor da la vida por sus ovejas. Las ama. Las alimenta. Las cuida y protege. Él es la plenitud de la revelación. De nuevo remarcamos el contraste de su misión con la actitud de los jefes del Antiguo Testamento que defraudaron a su pueblo con el don de la falsedad. La responsabilidad religiosa, tema controversial pero real, no debe cumplirse a medias. En el hoy de nuestra historia, Jesús refuerza su mensaje con una exigencia radical. Necesaria y urgente. El buen pastor, de acuerdo a las palabras del Papa Francisco, debe oler a oveja. El frío ambiente que, en muchos casos, envuelve realidades eclesiales, tiene su razón de ser en una identidad dormida a causa de un incipiente fervor pastoral. Las frases tiernas de Jesús tienen que llevarnos a la comunión de fe. A su corazón misericordioso.
