Galo Guerrero-Jiménez
La fe y la creencia en la mente, que es la que nos moviliza para actuar según lo que pensamos y cómo pensamos es, en efecto, el lenguaje de nuestra mente, la esencia misma del ser que se esfuerza por entender la verdad y el conocimiento de lo que el cerebro cognitivamente percibe de manera subjetiva y en consonancia con la objetividad del mundo, es decir, de la presencia de los entes materiales que la mente los armoniza según la formación y el contexto en el que se desenvuelve el ser actuante que, como lector, procesa esa realidad de escritura que los ojos captan fotográfica y conscientemente para que queden alojados en el subconsciente, que es el que ejerce el poder de reproducir, de recordar y de acomodar en el cerebro esa realidad lectora que se convierte en una fuente insondable, agradable, estética y sensible al pensamiento que conscientemente es capaz de traducir esa riqueza de pensamiento que se genera en la medida en que el lector aprende a disfrutar y a formarse una idea del mundo con la cual se relaciona permanentemente en el trabajo, en el estudio y/o en la ocupación que ese ente actuante la debe ejercer con la mejor dinamia que su mente le dictamina para actuar metalingüísticamente.
Al respecto, si el lector de un texto estudiantil y, en especial, el lector que de un tema literario o científico que sea de su agrado personal para escoger un texto en físico o en la pantalla, “simplemente usando el poder de tu mente subconsciente puedes alcanzar una prosperidad, una felicidad y una paz mental sin límites (…). [Pues,] la mayoría de los grandes científicos, artistas, poetas, cantantes, escritores e inventores han tenido un profundo conocimiento del funcionamiento de las mentes consciente y subconsciente. Eso fue lo que les dio el poder para conseguir sus metas” (Murphy, 2014), y actuar ante el mundo brindando su eminencia mental e instrumental ante la sociedad que, con admiración contempla y disfruta de esa creación científica, artística o de escritura que, en este caso, el lector es capaz de, como señala el escritor Mario Mendoza, cuando da su testimonio de lector, indicando que él no se hizo lector con un manual ni con un listado avalado por los académicos, sino que los libros fueron llegando a sus manos como mensajes que le iban ayudando a solucionar sus conflictos interiores, que lo iluminaban, que le ayudaban a entenderse y a entender a los otros un poco mejor (2022).
De ahí que, un mediador o un motivador de lectura son “aquellos que son más ilustrados, sin embargo, están intensamente implicados con el mundo interno. Ellos se dan cuenta (…) que el mundo interno crea el mundo externo. Tus pensamientos, sentimientos e imágenes visuales son el principio organizador de tu experiencia. El mundo interno es el único poder creativo. Todo lo que encuentras en el mundo exterior ha sido creado por ti en el mundo interior de tu mente, ya sea consciente o inconscientemente” (Murphy, 2014); por eso pueden influir enormemente en la mente de aquellos niños y jóvenes, e incluso en los adultos que buscan cómo encontrarle sentido a la vida a través de los modelos de escritura que, en efecto, si le llegan al corazón, a la mente, a la razón, al entendimiento y, ante todo, a la emoción más sentida de ese novel lector, por supuesto que habrá influido enormemente para que pueda, con plena libertad, recrearse, disfrutar y asumir actitudes que, por ende, le llenarán de un enorme regocijo mental, como el del escritor italiano Umberto Eco que, en calidad de lector, entusiasmado, señala que: “Al amante de la lectura, o al estudioso, le encanta subrayar los libros contemporáneos, entre otras cosas porque, a distancia de años, un determinado tipo de subrayado, una señal en el margen, una variación entre rotulador negro y rotulador rojo, le recuerdan una experiencia de lectura” (2023), la cual, por supuesto es enormemente acuciante para seguir leyendo, siempre con ese entusiasmo interior, ordenadamente mentalizado para enriquecer, a su gusto, su mundo interior.
