P. Milko René Torres Ordóñez
La identidad de Jesús, que forma parte de la narración de los cuatro evangelios, determina el contacto de la comunidad con quien ama, parte, comparte y reparte el único Pan que alimenta para la vida eterna. El Evangelio según San Juan contiene una sección, cuyo núcleo bíblico y teológico sella con plasticidad una de las grandes manifestaciones de solidaridad en la historia de la humanidad.
El signo de la multiplicación de los panes y de los peces concluye con la confesión de Pedro y la alusión de la muerte de Jesús. Uno de sus discípulos, Judas, va a comprar su condenación con la acción criminal de entregar a su Maestro por una irrisoria cantidad de denarios. En el relato, suma de un hecho y un gesto, encontramos la intención del autor sagrado: la cuestión sobre el verdadero alimento. San Juan nos permite profundizar en el conocimiento sobrenatural de Jesús. Aparece, en toda su humildad, como el Señor.
La Pedagogía de Jesús rebasa toda lógica humana. El drama que narra San Juan atrae por el colorido y la pericia de Jesús. En efecto, toda esta escena está bajo control. Jesús sabe lo que tiene que hacer. Los detalles, en esta obra de arte, simbiosis de colorido y densidad, descansan en las manos del gran Maestro. Jesús, lleva la delantera en las acciones que suceden. Él mira a la multitud que lo sigue. Lanza, como un suspiro a los vientos de las olas del mar de Galilea, la prueba de amor que desata un nudo de imposibles: “¿Cómo compraremos pan para que estos coman? Nos encontramos frente a un propósito que hay que cumplir. Jesús, demuestra su razón de ser y estar en nuestro mundo. Un rasgo que rompe, como el paso de la oscuridad a la aurora de un bello amanecer, los criterios humanos.
El amor de Jesús por la multitud humaniza las dificultades. Felipe, como buen gestor de realidades complejas, responde con ternura: “Ni doscientos denarios bastarían para que a cada uno le tocara un pedazo de pan”. La trama de la escena entra en el túnel de dudas y de soluciones. Para quien tiene fe, sobran la creatividad y la sabiduría. Andrés, el hermano de Simón Pedro, muestra con simplicidad la llave del candado que parece tan cerrado, imposible de abrirse: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pescados”. Sin embargo, las tentaciones de la inseguridad en sus opciones de continuar por el camino de la libertad, pretenden derribarlo. “Pero, ¿qué es eso para tanta gente?”. Prevalece el trasfondo subjetivo de un frío cálculo. La gente lleva muchos días sin probar alimento. Jesús responde, con su palabra y con su vida, a las necesidades del hombre doliente.
El buen pastor conduce a sus ovejas a pastos donde hay alimento y paz. Eran más de cinco mil. El universalismo de la persona de Jesús multiplica los pocos dones materiales con que cuenta la humanidad. La plenitud de la gracia de Dios permite recoger doce canastos que sobran con comida abundante. Comemos, todos, en la Eucaristía, el pan de la vida que sacia nuestra hambre. Llegamos a la cima de la libertad.
