Por: Sandra Beatriz Ludeña
Desde la vivencia se puede reflexionar, voy a demostrar esa mirada comercial que en estas épocas predomina en el entorno y que nos vende la idea de vida feliz.
En mi ruta de regreso a casa, siempre encuentro mujeres con quiénes hablar, ese es un laboratorio para observar la realidad, es así que entrevisto a una acompañante del autobús; es joven, tiene un bebé en brazos y un infante enlazado a su falda. Le pregunto dónde vive, dice residir en Chontacruz, sigo, ¿trabaja?, dice que no, “por los niños” (aclara). Entonces, replico: ¿estudió? Dice: “solo hasta el bachillerato”. Continuo, ¿y su esposo? “Él, si trabaja, aunque, no estudia. Pero, yo voy a ingresar a la universidad, deseo hacer carrera, para darles una vida feliz a mis niños”.
Otro día, converso con una anciana que viaja con canastos en mano, se embarca en el mismo autobús que yo, le digo ¿tiene algún negocio? Sí, —afirma—. Prosigo: ¿qué vende? Felicidad con canguil de dulce y de sal, —contesta—. Me deja perpleja, pero, para no romper el hilo, le digo, ¿desde cuándo? Creo que son treinta años, —responde—. ¿Y por qué con felicidad? Ella dice, “pero ¿para qué otra cosa puede servir el canguil de dulce o de sal?”.
Un viernes, hablo con una mujer que camina por la misma acera, vamos al ritmo, así que le sonrío y corresponde, le comento ¿va al trabajo?, dice sí. Igual yo, —le cuento—. Al tiempo lanzo mi inquietud: ¿En qué labora?, contesta: “vendedora”. ¿Y cómo es eso? “Como todo trabajo, estresante”, —responde—. Pero, si le estresa debe dejarlo, —le recomiendo—. Ella me mira y dice: “¡No!, perder mi trabajo, que significa ser quién soy y me permite tener el control, sería el fin…”.
Por esto, reflexiono: en estos tiempos se ve la felicidad como un bien de capital, pienso que la percepción de felicidad es un sinónimo de dinero. Y lo afirmo desde la analogía de felicidad alineada a ideales sociales, o tener poder adquisitivo para comprar, vender y hacer esto o aquello, a lo cual se está privado, cuando se carece de financiamiento.
Así la felicidad se mercantiliza y se emplea para el rendimiento, estamos confundiendo trabajo con vida y felicidad con dinero. Como profesional de las finanzas, no me cierro a la importancia de las dinámicas económicas, pero, es imperante ver lo esencial, pues, las actividades externas llegan a tomar sentido, en la medida en que estén subordinadas a propósitos superiores, como favorecer la realización de la vida, con pleno ejercicio del amor, conexión, armonía.
Por esto, concluyo, la madre tiene que priorizar el tiempo dedicado a sus hijos, una persona al construir su propósito y valor debe ir desde dentro hacia fuera, primero el hogar, luego el resto; finalmente, la finalidad mercantil debe establecer límites. Así, hay vida feliz.
