Efraín Borrero Espinosa
Corría el año 1956 cuando mis padres decidieron habitar su casa nueva situada en la calle 18 de noviembre entre Rocafuerte y Miguel Riofrío. Fue construida con anchas paredes de tapia utilizando la técnica tradicional del encofrado con tablones, llamado propiamente tapial. Poco a poco iban llenando el espacio con tierra arcillosa húmeda que la compactaban a golpes mediante un pisón.
Entre nuestros vecinos recuerdo al “Gringo Muller”, propietario de la hermosa “Villa Esther” la primera de estilo europeo que hubo en Loja. Fue parte del grupo de inmigrantes alemanes que se radicaron en nuestra ciudad y dejaron descendencia, como el caso de Ernesto Witt, Eügen Faller, Julio André y Alfredo Moser.
Así mismo, al distinguido abogado Víctor Aurelio Guerrero Roa quien se desempeñaba como Ministro Juez de la Corte Superior de Justicia y ejerció la presidencia de la Casa de la Cultura, Núcleo de Loja. Estuvo casado con María Isabel Vivanco Córdova procreando cuatro hijos, el primero de los cuales, Walter Orlando, fue años más tarde Presidente de la Corte Suprema de Justicia.
Igualmente, al doctor Ramón Eguiguren Riofrío, casado con Carmen Samaniego Samaniego, en cuyo matrimonio tuvieron varios hijos, uno de los cuales, Leonardo, marcó una destacada trayectoria laboral en el Banco de Loja.
En el sector había bastante movimiento de gente y manipulación de productos y mercaderías por su proximidad al mercado central. Ese trajinar aumentaba considerablemente desde finales del mes de agosto en razón de la Feria septembrina originada en el Decreto del Libertador Simón Bolívar del 28 de julio de 1829. Para un lojano la cercanía del mes de septiembre es anuncio de la Feria, sin duda.
Galo Ramón Valarezo dice que “con las guerras de independencia se rompió el acuerdo comercial con Piura y Loja, eje principal que permitía el acceso a bienes. Por este motivo, cuando Bolívar llegó a Loja en 1822, lo primero que le plantearon “las fuerzas vivas” de aquel entonces, fue la necesidad de recomponer este eje comercial, analizándose algunas alternativas. Decidieron armar una feria que tenía como propósito que los peruanos trajesen sus productos a Loja, concitando la atención no solo de los lojanos, sino de ciudadanos de otras localidades”.
En dicho Decreto Supremo consta que “se concede privilegios de feria y exención de derechos a todos los efectos que se expendan en ella, desde el 10 de agosto hasta el 12 de septiembre de cada año”; pero ocurre que cuando se constituyó la República del Ecuador surgió un nuevo quehacer aduanero y el 18 de octubre de 1833, mediante Registro Auténtico, “se deroga la disposición en que se concedió el privilegio de importar manufacturas extranjeras en la Provincia de Loja para la feria llamada del Cisne sin pagar derechos”.
No sé cómo se hicieron las cosas lo cierto es que los comerciantes peruanos venían con sus mercaderías y eran el atractivo comercial de la Feria. Traían las famosas cobijas Tigre, zapatos, pescado seco y licores como Pisco, Cinzano e Italia.
Los moradores del barrio éramos testigos del ambiente festivo que comenzaba a encenderse y veíamos como cada día arribaban desde distintas partes del país más y más comerciantes. Ellos se apostaban en los puestos de venta que había asignado el Municipio.
Levantaban una rudimentaria estructura con guaduas y la cubrían con plástico. Algunos de la ciudad también tomaban posesión de esos puestos para aprovechar la ocasión.
El área que ocupaban comprendía la calle 18 de noviembre hasta la estación de tránsito, transformada después en el Parque Bolívar; y, la calle 10 de agosto hasta la Bolívar.
Desde San Antonio, parroquia rural de Catacocha, venían camionadas de bocadillos y colaciones elaborados con panela y maní tostado. Por supuesto que no faltaban los huevos de faldiquera a base de maní molido con miel de panela y cubiertos con una capa de crema de huevo; así como los turrones y alfeñiques.
Comerciantes guayaquileños ofrecían retazos de telas para blusas y vestidos. La forma como convencer a los compradores era todo un show. Al final terminaban completando la oferta con otro retazo y de yapa una bacinilla pequeña o algún utensilio de cocina.
Unos pocos y rústicos juegos mecánicos avivaban el interés de los niños. A la pequeña rueda moscovita la operaba un viejo motor automotriz. El sitio destinado era el lote de terreno municipal ocupado por una cancha de voleibol en la que los jugadores Taxiche, Delicia y el Tocho Beltrán eran imbatibles. En el sitio hoy se levanta la edificación del Cuerpo de Bomberos.
A los ruleteros se los ubicaba en el parque central. Unos tres eran de Loja y los demás venían de la costa. Muy pocos eran los ganadores, generalmente la gente se retiraba a su domicilio con los bolsillos vacíos.
De esta forma se desarrollaba la parte comercial de la Feria, cumpliendo el propósito de Simón Bolívar de dinamizar la economía local. En otro espacio se llevaba a cabo lo que se llamaba “La Cabaña”, concebida para presentaciones artísticas y disfrutar de una jornada de baile. Inicialmente se ocupaba la gran edificación del Instituto Técnico Industrial y Agrícola Daniel Álvarez Burneo, en donde había espacio para la realización de una pequeña exposición ganadera. Años más tarde se utilizó las instalaciones de la Escuela de los Hermanos Cristianos de La Salle, en la esquina de las calles José Antonio Eguiguren y Olmedo.
En esos shows se presentaban artistas de renombre nacional: solistas, dúos y tríos, y por supuesto una buena orquesta como la del “Chazo Jara” de Zaruma. No olvido la presentación del “Trío los Brillantes” integrado por la bella argentina Olguita Gutiérrez, Héctor Jaramillo y Homero Hidrobo. Qué manera de aplaudirlos, sobre todo el momento en que Olguita se inclinó reverente ante la majestuosidad del culto artístico de Loja y expresar que le gustaría tener el sentimiento lojano para interpretar el pasillo como debe ser.
Años más tarde, en 1970, se conformó la empresa GERALTA integrada por Jorge Guerrero, Eduardo Ramón y Raúl Altamirano, con el propósito de organizar eventos artísticos de calidad, partiendo de la “Cabaña Show 70” como componente de la Feria. Levantaron una enorme carpa que cubría las dos canchas de la Escuela de los Hermanos Cristianos, y con cañas guadua y de azúcar, traídas desde Catamayo, decoraban el escenario. Allí se presentaron grandes orquestas como Don Medardo y sus Players, los Graduados de Colombia y otras más, así como artistas de la talla de Don Evaristo y prestigiosos cantantes lojanos.
La Feria, solemnizada con la presencia de la Venerada Imagen del Cisne, ha sido esperada ansiosamente por los lojanos desde su inicio en 1830. El hecho de esperar este evento anual es precisamente uno de los elementos que forman parte de nuestra cultura.
Los muchachos queríamos hartarnos de bocadillos y comprar algo novedoso, y los jóvenes disfrutar de los espectáculos artísticos con sus guapas amigas.
Siendo el apoyo económico de los padres la única fuente de financiamiento posible, éstos asumían la responsabilidad voluntaria de proveer a sus hijos unos cuantos sucres para esos gastos; además que la oportunidad era propicia para comprarles ropa, considerando la proximidad del año lectivo.
A esos obsequios llamábamos “las medidas de la feria”, que con el tiempo se instituyó como una maravillosa tradición lojana que alcanzó una connotación social: compartir generosamente con familiares y amigos cercanos un obsequio adquirido en la Feria.
Mi amigo José Carlos Arias Álvarez dice que «a otros afortunados niños lojanos les regalaban los centímetros que crecían en sucres y por ello el término de las «medidas»
Edgar Peña Unda, opina que “las medidas de la feria” se originaron en la costumbre que adoptaron quienes venían desde distintos sectores de la provincia para disfrutar la festividad septembrina. Ellos hacían compras para todo el año y regresaban a sus terruños con regalos para familiares y amigos; esos regalos constituían «la medida de la Feria».
Cualquiera haya sido la razón que originó esa frase icónica almacenada en nuestro recuerdo, lo importante es lo que resalta José Carlos Arias: «las medidas de la Feria son un legado cultural, pero sobre todo un elemento de la identidad cultural hospitalaria, un dulce hilo que conecta nuestra historia con la vida».
A lo largo de los ciento noventa y cinco años en los que ininterrumpidamente se ha cumplido con el propósito de Simón Bolívar, la Feria de Loja, la más antigua de Indoamérica, ha mejorado constantemente, especialmente desde cuando en 1971 el presidente Velasco Ibarra, mediante decreto, proveyó los recursos anuales para la construcción del complejo ferial, cuya primera etapa se inauguró en 1984. A partir de entonces cada uno de los responsables de la organización de la feria han hecho gala de su capacidad y visión para revestirla de prestigio.
A esta altura del tiempo, la Feria de Loja se ha consolidado como la más importante del Ecuador gracias al sistema de gestión que viene impulsado la Corporación Ferias de Loja, bajo la Dirección Ejecutiva de un profesional de primer nivel y prestigio como es Diego Fernando Lara León.
