La perseverancia: un reconocimiento justo

Por Luis Carrión Mora

Foto: Archivo Colegio “La Dolorosa”.

La frase de Buda, “Persevera en tu empeño y hallarás lo que buscas, prosigue tu fin sin desviarte y alcanzarás tu empeño, combate con energía y vencerás”, resuena con fuerza en mi interior. He decidido, con firmeza y perseverancia, abogar por el reconocimiento de un personaje que dedicó su vida a la formación de juventudes y al enriquecimiento cultural a través de su obra poética. Este individuo, venerado en su tiempo por la municipalidad de Loja y el Honorable Consejo Provincial, merece ser recordado de manera adecuada.

Mons. Ángel Rogelio Loaiza, el hombre en cuestión, no solo dirigía una institución educativa, sino que también se convirtió en un modelo a seguir para aquellos jóvenes que, a menudo, se resistían a sus enseñanzas. A pesar de sus reticencias, los estudiantes reconocían en él una figura que buscaba fomentar sus capacidades críticas y su desarrollo personal. Bajo su liderazgo, la institución contaba con dos mil alumnos distribuidos en turnos matutinos, vespertinos y nocturnos, así como con un equipo de doscientos profesores y personal administrativo. Su jornada comenzaba a las siete de la mañana, y se extendía hasta las diez de la noche, momento en el que era la última persona en abandonar el colegio.

El respeto que se le tenía era palpable. En un desfile del 18 de noviembre de 1972, se encontraba en la tribuna principal junto al presidente Guillermo Rodríguez Lara y el general Vicente Anda Aguirre, Ministro de Educación. En ese evento, Loaiza subió a presentar una solicitud para mejorar su establecimiento, siempre preocupado porque sus alumnos lucieran presentables en cada acto académico, especialmente en los desfiles con el distintivo “C.L.D. La Dolorosa por siempre”.

Sin embargo, me parece injusto que el busto de nuestro eterno rector esté situado frente a las canchas del colegio, en un lugar que no refleja su grandeza. Este homenaje no es suficiente para un educador que ha tocado la vida de miles de estudiantes, quienes, al finalizar su etapa académica, recibieron su diploma de bachilleres. Mientras en otras ciudades se honran a figuras educativas de renombre, nosotros seguimos esperando un reconocimiento digno.

En Quito, la avenida Mariana de Jesús rinde homenaje a la azucena de la ciudad; en la avenida Francisco de Orellana, se erige un busto en honor a Julio María Matovelle, un sacerdote oblato. Guayaquil tiene su avenida Domingo Comín, quien también trabajó arduamente por la educación. En Cuenca, la avenida Carlos Crespi recuerda al sacerdote salesiano fundador del primer colegio agronómico de Ecuador. En Yantzatza, una calle lleva el nombre del padre Luis Bastidas, un franciscano que enfrentó los caminos inhóspitos para cumplir su misión.

Además, tres religiosas franciscanas, Esperanza Sarango Jumbo, Rufina Páez y María Elena Jimbo, también han sido honradas con nombres de planteles educativos, tras sus trágicas muertes en el cumplimiento de su labor.

Por ello, lanzo un llamado a las autoridades del colegio, a la Curia Diocesana, al alcalde y a los concejales, así como a los exalumnos y padres de familia, para que se unan en la tarea de reconocer debidamente la labor de este destacado sacerdote. No dejemos que las palabras queden en el aire; que este homenaje sea un legado para todos los educadores que, como Mons. Loaiza, han perdido de vista su verdadero propósito.