P. Milko René Torres Ordóñez
La Palabra de Dios, mensaje de amor a los hombres, desarrolla con suma sutileza la pedagogía de la vida. Aquella que, derivada a la creación más grande de cuanto existe, debe asimilarse como la savia a la plenitud del ser. En las primeras páginas del libro del Génesis resuena el eco de la voz de Dios: “No es bueno que el hombre esté solo…”. Dios actúa de modo personal porque quiere entregar a Adán una ayuda. Tanto más que un subsidio material, una compañera de carne y hueso que comparta sus afanes y sus luchas cotidianas. Eva. La mujer que nace de las entrañas de un amor misericordioso. Ella, hueso de sus huesos, carne de su carne, la razón de su existencia presente y futura. Inmortal. El amor llena todos los vacíos existenciales.
Trasciende el espacio y el tiempo. Divino como la majestad del dedo del Padre eterno. La creación de una pareja, hombre y mujer, absorbe compromisos y trasunta responsabilidades. La unión, fruto de la eterna bendición, exige abandono y libertad. Adán y Eva, una sola carne, construyen el arquetipo ideal de la familia de siempre. El bello poema de la creación del hombre con su mujer, del mundo con su organismo adornado con elementos estéticos de cara a una supervivencia promisoria, nos deja inmersos en un éxtasis contemplativo y fulminante. Con el susurro de los años venideros el salmista actualiza el himno de la perfección del Génesis con notas armoniosas y finas: “Esta es la bendición del hombre que teme al Señor…que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida”.
Solemne como una sinfonía. En la vida de la pareja queda impregnado el color del tono cósmico. Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. En la plenitud de la creación, el Hijo amado ha coronado de gloria y honor todo lo que existe. “Convenia, escribe al autor de Hebreos, que Dios consumara en la perfección, mediante el sufrimiento, a Jesucristo, autor y guía de nuestra salvación”. En Cristo, con Él y en Él, recuperamos la dignidad oscurecida por el pecado, somos llamados “hermanos”. Una precisión que no escatima duda alguna. La filiación divina, don eterno, gracia muy particular, como quien encuentra un gran tesoro y lo cuida con extrema prolijidad, permanece en la intimidad de cada corazón que valora el amor como prenda del origen de todo. Jesús, en el contacto especial con sus discípulos, enseña la clave que plantea la casuística judía. La alianza del matrimonio tiene que ser estable porque Dios la vive a diario con su pueblo.
La llamada a la fidelidad conyugal va a ser sostenida y alentada por el amor. No por la ley. El amor, visto de una manera tan radical, encontrará la luz y la fuerza indispensables que permitan superar obstáculos. El cristiano, en su vida conyugal, encuentra pruebas con muchas dificultades a las que tiene que afrontar y superar. La esencia del Evangelio, llamada a la resiliencia, transpira sencillez y transparencia. Al igual que los niños, nos abandonamos por completo en la bondad de quien nos ha creado con amor. La pedagogía divina, clara como el día, nos vuelve libres.
