Una lengua privada, única y viva desde la estética de la lectoescritura

Galo Guerrero-Jiménez

Frente a esta vida intensa y agitada que hoy vivimos y cargada de una información infinita que se aglutina en datos y más datos que la tecnología electronal, informática, la inteligencia artificial y digitalizada procesa como producto de la investigación, de la creatividad, de la imaginación y de las múltiples habilidades personales que en todos los quehaceres humanos se llevan a cabo segundo tras segundo en el planeta, el ser humano empieza a interrogarse con más intensidad filosófica, antropológica, ética y teológica qué es lo que está sucediendo en la mente humana que es capaz de crear lo inimaginable tecnológica, científica, artística y humanísticamente, y todo para qué, dentro de estas grandes preguntas de la vida, como las que emite el académico e historiador Yuval Noah Harari: “¿Quiénes somos, ¿a qué debemos aspirar’, ¿qué es una buena vida?, ¿y cómo deberíamos vivirla? A pesar de la ingente cantidad de información que tenemos a nuestra disposición, somos tan susceptibles a la fantasía y al delirio como nuestros antepasados más lejanos” (2024).

En efecto, cómo deberíamos vivirla a esta vida con tanta arremetida de información de toda índole que hoy se la puede conseguir en segundos en una pantalla. Quizá, los efectos tanto positivos como nocivos están a la vista. Hoy, como señala la psiquiatra e investigadora Marian Rojas Estapé: “Nos cuesta ver una película entera, pero nos enganchamos a series con facilidad; nos cansan las conversaciones largas, pero somos únicos mandando emoticones y contestando con monosílabos; ojeamos compulsivamente los titulares, pero somos incapaces de leer una noticia completa; nos supone un esfuerzo escuchar el discurso del jefe del departamento o de un político en las noticias… Todos somos conscientes de que la capacidad de prestar atención ha disminuido, pero no es solo la atención lo que ha cambiado, hay más cosas que están sucediendo en la mente y en nuestra conducta” (2024), que no nos permiten apreciar la grandeza humana que la vida sigue tendiendo a través de las personas que aún conservan un equilibrio emocional, espiritual e intelectual para seguir amando y respetando a la naturaleza y al prójimo a través de la sabiduría y de las acciones divinas que nuestra mente está en capacidad de seguir valorando y procesando cognitivamente porque emergen del corazón y de la razón más sentida y que intra e intersubjetivamente son factibles para compartirlas no desde una mera información dataísta, sino desde un relato estético contado oralmente o por escrito pero leído con el reposo, la concentración, la atención, la interrogación y el diálogo al que nos puede llevar una historia bien contada, bien escrita, y que hace alusión a todos los frentes de la vida en que el lenguaje asume categorías estético-antropológicas y éticas, no impuestas, sino reflexionadas psicológica, social, cultural, educativa y estéticamente para asumir posiciones personales de alta responsabilidad cognitiva y lingüística que la mente captura y procesa desde un lenguaje vivo en palabras que la escritura evidencia en lectores y oyentes que la engrandecen hasta encontrar, de uno u otro modo, como dice María Teresa Andruetto:

“Una lengua privada, única, en la lengua de todos, es el verdadero desafío, descubrir en los intersticios de la lengua oficial de mil maneras impuesta, una lengua ‘menor’, un atisbo de ‘la pequeña voz del mundo’. Para eso, poco importan los caminos (…) como el de la literatura que nos propone, en el transcurso de la lectura, riesgos, luchas y, sobre todo, nos enfrenta a nuestras carencias. No nos ofrece soluciones, más bien diríamos que nos plantea preguntas, porque problematizar lo que ha sido en nosotros naturalizado es una de las funciones fundamentales del arte. Cuestionar lo aceptado, recibir nuestras sombras, los riesgos de la vida que vivimos y de la sociedad en la que transitamos” (2015), con la viva esperanza de digerir lo vivido, no desde la velocidad de una vida intensa, sino desde el reposo de nuestra paz interior.