Galo Guerrero-Jiménez
Las actitudes micropolíticas que cada lector asume en los componentes literarios, humanísticos o científicos que haya escogido para leer, bien por placer, por cultura, por investigación o por la obligatoriedad que en cualesquiera de las facetas de la educación escolarizada y académica, le corresponde asumir a diario, siempre deben desembocar en la toma de acciones prácticas que, por supuesto, parten de la concepción teórica que reposa en el texto escrito, pero que, deben impactarle cognitivamente para que su quehacer cotidiano se vea revestido de un lenguaje altamente asumido desde una praxis metalingüística, micropolítica y estético-cultural que lo promuevan, en efecto, a la toma de posiciones personales dentro de su actuar dinámico y altamente pensante como resultado de ese proceso educativo que engendra la lectura desde un espíritu de compromiso con el conocimiento y “como un registro de la actividad humana que trasciende las limitaciones naturales; que civiliza, por así decirlo, al hombre” (Laje, 2022): varón y mujer que, permanentemente, está en contacto con una diversidad de acciones micropolíticas para que la naturaleza humana se empodere de la inteligencia intelectual con la cual, y en asocio con la inteligencia emocional y ecológico-contextual, pueda responder desde la cultura personal que su naturaleza humana le acredita para que se inserte en la exigencia y existencia social del grupo humano con el cual siempre está en contacto desde su profesión, o desde su ocupación más sentida.
Por consiguiente, ese sujeto lector que está en contacto con su mundo cotidiano desde su cultura particular y a través de su narrativa personal, la cual es asumida dialógicamente en opiniones, conocimiento, comentarios, interrogantes, puntos de vista y desde sus intereses económicos, sea la más elocuente y ponderada micropolíticamente, en vista de que, como sostiene Agustín Laje: “La cultura ya no se refiere tanto a una realización individual del sujeto abstracto que cultiva su espíritu deliberadamente, sino que apunta a las realizaciones sociales que generan las condiciones de vida en las que un sujeto concreto se desenvuelve” (2022) desde la finura de su espíritu estético, fenomenológico y hermenéutico-ético que su formación lectora le permite para vincularse a la comunidad desde esa relación micropolítica y en medio de la incertidumbre en que el mundo actual se mueve como efecto de la arremetida de la tecnología y del desequilibrio ecológico que el ser humano hoy evidencia, a veces con espasmo y desde el agobio por no saber cómo responder frente a un mundo que hoy vemos cómo se aleja de la sabiduría con la que se debería actuar en todo momento y en todo espacio vital.
Por supuesto, esta importancia micropolítica y cultural de la lectura para enfrentar nuestra intervención en los espacios que ya está enmarcados en la sutileza o en la agudeza de la cotidianidad, pueden también ser asumidos desde otra óptica en virtud de que, y “por fortuna, el ser humano no es coherente: se distrae, se pierde, anda por el mundo sin preocuparse ni ocuparse y, por ello, con relativa frecuencia puede vivir libre del agobio que producen el sentido y el sinsentido” (Borbolla, 2019), con lo cual, para este grupo humano que así vive, la vida, en efecto, le es altamente vivible, relajante y vibrante en acomodos subjetivos y gozosos.
En todo caso, estas acciones micropolíticas, con lectura o sin lectura, producen una relación cultural con el medio; pero, si queremos responder adecuadamente ante la incertidumbre en la que hoy vivimos, no está por demás saber que “la lectura abre un horizonte de perplejidad. Las respuestas éticas inspiradas en su sabiduría dependen de las situaciones” (Mèlich, 2020) concretas en las que cada ente humano hoy se mueve creando contextos de comunicación, los cuales deben ser orientados al entendimiento de nuestra facticidad como seres racionales.
