Galo Guerrero-Jiménez
El proceso, el interés y la voluntad de pensar abriendo nuestros oídos para prestar atención al texto, en la medida en que nuestros ojos observan en la pantalla o en la página el mundo de letras, de palabras y de párrafos que nuestro corazón siente y nuestro entendimiento procesa esa información que el cerebro recibe en su conciencia desde esa voz interior que late en cada lector en instantes microscópicos de afecto y de acciones micropolíticas que le son consustanciales individualmente a cada lector que, atrapado en ese mundo textual y debidamente concentrado, es capaz de disfrutar de esa historia, relato, ensayo o información que lee hasta que la contemplación o la rebeldía le hayan conmovido estética y profundamente.
Solo así, esa información deja de ser un amontonamiento de lenguaje, debido a que cada lector si, en efecto, está interesado en leer ese texto que haya elegido, encuentra formas muy sutiles para captar lo que le interesa y hacer con esos instantes lectores de pensamiento una obra de arte, porque ahí descubrirá un asunto humano que lo conmueve o que lo lleva a reflexionar en las direcciones personales que su emocionar lectora le dictamina.
Que al lector le interese un asunto humano, un algo que lo lleva al disfrute, al entretenimiento o a la reflexión más profunda en sus múltiples dimensiones, dependerá de la experiencia que como lector tiene, sobre todo en una temática determinada que es la que lo motiva a leerla, con lo cual habrá un reforzamiento en esos valores, en esa axiología profundamente humana, vital, experiencial en su trayectoria de lector, que se intensifica en su cognición y que se enriquece metalingüísticamente; así, es tan evidente el enriquecimiento de una nueva experiencia estética (Rosenblatt, 2002) e incluso ética porque aparece un comportamiento lector muy propio, muy suyo que, como individuo lector llega a obtener.
Esa obtención de experiencias estéticas a veces están enmarcadas en espacios de contemplación o de rebeldía en el pensar que el acto lector produce y que, luego, quedan como secuelas temporales recogidas o procesadas microscópicamente, por ser instantáneas, del momento, y que si quedan en la perennidad del individuo lector, se convierten en acciones micropolíticas que derivan en espacios de contemplación muy personal, en las que el lector se involucra en una especie mental de inactividad que tiene su lógica muy propia, muy a su manera.
Se trata de un lenguaje inactivo, es decir, de ausencia de actividad, debido a que el cerebro provoca una forma de esplendor de la existencia humana a través de una forma vacía de actividad, en la que no hay el deseo de hacer nada corporalmente, sino de ensimismarse en el texto, porque parecería que “la verdadera vida comienza en el momento en que termina la preocupación por la supervivencia, la urgencia de la pura vida [porque] el fin último de los esfuerzos humanos es la inactividad” (Han, 2024), con la cual, lo que queda es un efecto de contemplación dirigido o pensado al infinito de la nada en cuanto inacción, reposo, tranquilidad, como si se tratase de un resplandor divino, profundamente humanizado en la esencia de la cultura que provoca ese espacio lector en cuanto ornamento, es decir, de una estética sentida en el lector en su amplia definición de belleza o de contemplación hacia un algo especial, único, como experiencia lectora que, en el fondo, no adorna nada material, pero sí espiritualmente. La lectura, en este caso, estabiliza la vida humana y, en otros, provoca otras reacciones, “porque todos nosotros somos individuos, con exigencias y preferencias fuertemente individualizadas: preferencias arraigadas en nuestro cerebro a todos los niveles, con nuestros modelos y redes neuronales individuales que crean un diálogo profundamente personal entre el autor y el lector” (Berardinelli, 2016) que son los afectados en el pensar.
