Por el camino de la paz

P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

La voz de los profetas resuena con fuerza mientras nos acercamos al encuentro con nuestro Salvador. El mundo, en su globalidad, pregona el advenimiento de un personaje llamado Jesús para celebrar una fiesta comercial que es la Navidad. El acontecimiento, que cambia la visión de la realidad a millones de seres humanos, supera cualquier expectativa. Todos, creyentes y no creyentes, cantamos el himno de una noche de paz.

Un hombre de Dios, llamado Miqueas, ubicado en el apogeo económico, cultural y religioso del siglo VIII antes de Cristo proclama un oráculo mesiánico. Fiel a la tradición de su pueblo evoca la grandeza de un lugar humilde. La tierra del rey David. Tan pequeño como un granito de mostaza. Muy significativo para comprender la profundidad de la virtud teologal que es la fe.

El profeta anuncia: «Y tú, Belén Efrata, pequeña entre los clanes de Judá, de ti voy a sacar al que ha de gobernar Israel; sus orígenes son de antaño, de tiempos inmemorables». Miqueas encamina a la humanidad a recibir a quien va a llenar la tierra con su paz. Viene para cumplir la voluntad de Dios. La Buena Noticia, el Evangelio que es Jesús, inunda con el resplandor de su gloria, a los hombres y mujeres que construyen un mundo mejor. Uno de ellos, de origen griego, profundizó en el acontecimiento salvífico. Lucas, escritor y médico de profesión, lleno del Espíritu Santo, investigó con detenimiento aquellos hechos que marcaron un antes y un después en nuestra historia.

Su obra destaca la importancia de la conversión y de la misericordia. María impregnó en este autor sagrado el servicio y la solidaridad. Ella comparte la experiencia de un encuentro con personajes claves: Zacarias e Isabel. Provoca, desde su vientre, la alegría y la paz de Juan y de Jesús. Juan, el último profeta del Antiguo Testamento prepara el camino del Señor. Del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. A quien bautizará en las aguas del rio Jordán. Jesús, el Buen Pastor que  da la vida por sus ovejas. Que tiene entrañas de misericordia. Dos madres.

Dos profetas. Un sacerdote, Zacarias y un solo Dios y Padre que ha engendrado a su Hijo en el seno de la Virgen María. Isabel, su pariente, había sufrido la afrenta como consecuencia de su esterilidad. María, con su visita, la llena del Espíritu Santo. Entona, llena de paz, un cántico que realza su dignidad: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!». Maria, dichosa por su fe, entrega la vida a las personas que sufren. Ella, la servidora del Señor, abre los caminos que conducen a la paz. La maternidad de la Virgen Maria, tan universal como la creación en su esplendor, transmite a sus hijos el don de la Esperanza y la riqueza de la caridad. En la recta final de este Adviento, cada compromiso asumido por el bien de los demás siembra semillas de justicia. Nosotros cosechamos los frutos que necesitamos. Jesús, humilde en Belén, glorioso en la cruz, fortalece cada proyecto de amor universal. En comunión de amor debemos unir nuestra voluntad para respirar aire puro y renovado.