La paradoja de Navidad

Por: Sandra Beatriz Ludeña

Estamos a umbrales de la Navidad, a esta edad sin Caperucita ni lobo, la Navidad es más que caramelos para el consuelo. Es más que luces y regalos, cantan los instantes la esperanza. Desde mi orilla miro la otra orilla, el espacio para el bien, el cielo parece guiñar un ojo.

¿Quién nos dijo que la Navidad es para envolver o dar regalos? ¿Quién mutó la atmósfera celeste por una roja? ¿Quién hizo de este tiempo grumos en el pensamiento? Hemos cambiado el poder por la fuerza, el recurso que sostiene los cielos por banalidad y, la comprensión del rayo en luz por brillos artificiales. ¿Acaso, el extravío ha alcanzado el paisaje o lo ha dislocado por el resto del sin sentido?

Mañana es Navidad y un niño baila en el corazón humano, mientras que el cielo es un campo para sembrar, acá los hombres estamos confundidos, creemos que buenas obras son intereses, pretendemos que hay segunda oportunidad para la maldad. No tenemos comprensión del otro, queremos ser felices, pero no pretendemos hacer nada por la felicidad del próximo. Y luego decimos, nada de remordimientos, nada de egoísmos, ni envidias, estas fechas son para disfrutar y se purifica el sentimiento.

Alguien prepara una promesa desordenada, ignorando que toda palabra se cumple. En la debilidad humana, guste o no, olvidamos las sentencias, y al fin, con sorpresa nos encontramos con el fruto amargo de nuestra siembra, con las exclamaciones de la negligencia. El problema es que la vida siempre nos expulsa muy rápido y pasa factura, aunque si hacemos balance ¿Cuántos meses de diciembre tendieron su telón ante estos ojos?

Mañana viene, sí, viene la oportunidad y la llave para esta frase es conciencia. Nadie nos enseñó que recordar al niño Jesús es comprender el amor. Nadie nos mostró que pensar en Navidad no es pensar en descanso, —días de asueto—, o fiesta. La Navidad se eleva por encima de cualquiera de esos motivos, tiene una senda eterna, parece resuelta por otras razones, razones del alma. Pero, incomprendida pasa, pasa sin que la gente avance a ningún lado, aunque corra, aunque se esfuerce, aunque hable de Pascua.

Y luego vienen las fotos, los fragmentos, las ilusiones construidas en castillos donde un día soñé no estar sola. Y si regreso a ver, encuentro las huellas de mi laberinto, las posibilidades que permanecen cerradas para recordar que hubo tiempo para elegirlas.

La Navidad nos regala una noche, esa noche a la que por antonomasia le decimos “Nochebuena”, pero, no solo eso, nos da significado, nos recalibra el eje del alma, resetea los tres elementos: logos, thymos y eros y, amanecemos al amor como criaturas recién llegadas. Mas, los que eligen la fiesta, los que van por la farra, persiguiendo el extravío y alimentando la paradoja, lejos del sentido, tardan en resolver su laberinto. Por esto, tenemos que ser conscientes de la paradoja de Navidad.