Los dedos, la voz, la palabra escrita y la oxitocina

Galo Guerrero-Jiménez

La enorme sensibilidad que los dedos tienen, en especial los de las mujeres, para tocar el cuerpo desde diversas formas: una caricia, un roce  y la manipulación para garabatear, dibujar y escribir, especialmente en la tecnología de la imprenta, estimulan la corteza prefrontal del cerebro y, por ende, la concentración del afecto, hace posible que ese estímulo tenga un alto sentido sensitivo-cognitivo en la piel y en todo el cuerpo humano que, en el caso de los niños, se complementa con el susurro, y el tono de la voz de la madre, e incluso el olor que el pequeño percibe, convierten al regazo materno, e incluso paterno, en un lugar seguro para que ese pequeño ser humano pueda desarrollarse con toda naturalidad y viveza mental, fisiológica y emocional.

Este ambiente del tacto de los dedos y de la voz afectuosa hacen posible que la personalidad y el comportamiento intelectual y emocional de los niños llegue a ser óptimo y, por lo tanto, permitan que “la piel, el contacto, la oxitocina, la mente y la salud estén profundamente unidos” (Rojas Estapé, 2023) para que puedan vivir con seguridad y en un ambiente que les sea el más adecuado para enfrentar su realidad educativa, familiar, social y cultural, en especial, en esta era de la tecnología y del desarrollo descomunal de la inteligencia artificial y digital que está minando la capacidad de la inteligencia natural y la anulación del contacto físico con el prójimo, dado que hoy el ente humano vive aislado, con apenas la compañía de las pantallas que lo deslumbran con la paradoja de una sociedad informatizada e idiotizada con tanta información y, en donde, los influencers, con una aparente narrativa, aparecen “como inductores o motivadores, se muestran como salvadores. Los seguidores, como discípulos, participan de sus vidas al comprar los productos que los influencers dicen consumir en su vida cotidiana escenificada. De este modo, los seguidores participan en una eucaristía digital. Los medios de comunicación social son como una Iglesia: el like [me gusta] es el amén. Compartir es la comunión. El consumo es la redención” (Han, 2022) metafórica de este contacto digital.

Por eso, Han afirma que “¿Somos capaces aún hoy de mantener el contacto, de tocar al otro? El contacto corporal es sumamente importante para la cohesión de una comunidad. Es la mano, el apretón de manos, lo que sella la confianza. A pesar de la conexión y la comunicación digitales, o precisamente debido a ellas, nuestra sociedad es realmente pobre en contacto” (Han, 2024) y, por lo mismo, pobre en humanidad, sobre todo, desde el ámbito metalingüístico y axiológico.

De ahí que, el contacto con los dedos, con las manos, enriquece el mundo de lo humano; pues, “la hormona que se secreta cuando nos tocamos se llama oxitocina, aunque también se la conoce como la hormona del amor u hormona del vínculo madre-hijo. Es una de las hormonas de la felicidad. La hormona oxitocina construye la confianza y refuerza el vínculo interpersonal y la cohesión social” (Han, 2024). Pues, la paradoja de esta cohesión social, debe llevarnos al encuentro con el texto escrito, el cual está cargado de mucha oxitocina, puesto que es el encuentro con el otro, el autor, el texto, que se deja manipular por la mano, por los dedos y por el cerebro que cognitivamente el lector percibe ese encuentro de los trazos que en el papel dejan las letras escritas, las palabras que agudizan el entendimiento en el seno de la memoria semántica, bien al leer en voz alta, como lo hace la madre con su tierno hijo, o en silencio, para inferir el rol que cumplen las palabras escritas que van al encuentro y fortalecimiento de su nivel intelectual y emotivo-cognitivo para alejar el efecto nocivo de la información digital (Han, 2024), en vista de que, se trata de una comunicación sin contacto físico, sin mirada ni cuerpo, sino con una existencia espectral, fantasmal que, antes que agudizarnos la mente para reflexionar narrativamente, nos deprime, en virtud de la desaparición afectiva del otro.