Efraín Borrero Espinosa
Los directivos de la cadena radial Centinela del Sur / La Hechicera brindaron a sus servidores y colaboradores una cena de agasajo navideño. Disfrutamos maravillosamente en un ambiente fraternal y ameno. La cita fue en el amplio y acogedor restaurante “Gato Suco”, de propiedad de los hermanos Leonardo y Verónica Tello, situado en la calle Rocafuerte entre Macará y 24 de Mayo.
Forma parte del boulevard gastronómico de Loja que se extiende a lo largo de la calle veinte y cuatro de mayo, partiendo desde la Zoilo Rodríguez hasta la Mercadillo, incluyendo algunas calles adyacentes. Estoy convencido de no exagerar si aseguro que es uno de los más grandes del país por la sucesión continua de una gran cantidad de restaurantes, cafeterías y otros afines.
Al ingresar al establecimiento tuve la sensación de haber estado ahí hace muchos años. En la medida que observaba ciertos detalles, como la superficie que abarca, la altura y estructura del techo; las paredes sin revestimiento y la propia ubicación del predio, aquella sensación se convirtió en certeza. Efectivamente, ahí funcionaba la primera fábrica de hielo de Loja propiedad de Tulio Arturo Crespo Crespo, a la que frecuentemente visitaba porque uno de sus hijos era amigo cercano.
Tulio Arturo Crespo Crespo fue zarumeño, nacido en 1910. Contrajo matrimonio con Zoila Agripina Romero Espinosa, también de Zaruma, en 1935. Procrearon seis hijos: Carlos Enrique, Marco Tulio, Jorge Enrique, Miguel José, Jorge Eduardo y Tulio Arturo. Dos ellos tuvieron descendencia en Loja.
Una amiga vinculada a esa familia me comentó que “Carlos Enrique, el primer hijo de Tulio, fue un tipo muy especial; estudio en el Colegio Bernardo Valdivieso y desde joven se dedicó al aprendizaje de las matemáticas a tal punto que sabía más que sus profesores; era un científico; luego fue a estudiar ingeniería en la Escuela Politécnica de Quito y le pasó lo mismo: discutía con los profesores, pues investigaba y tenía conocimientos más avanzados. Se vio obligado a salir de esa universidad y viajó a Colombia en donde se estableció. Tuvo una pareja y un hijo, pero su mente se afectó y terminó viviendo solo en una montaña”. Supo que falleció al sur de Colombia.
Tulio Arturo Crespo Crespo fue proveedor de la compañía minera norteamericana South American Development Company (Sadco), con base en Portovelo; la misma empresa a la que Alberto Hidalgo Jarrín, igualmente zarumeño, proveía de carne. Con su inteligencia privilegiada para los negocios, especialmente de ganado, logró la confianza del gerente de la compañía minera quien le propuso ser proveedor de carne para el campamento. El contrato fue suscrito por su madre porque no había llegado a la mayoría de edad. Fue el inicio de su exitosa trayectoria.
La empresa minera daba de comer a alrededor de mil quinientas personas al día. Para conservar la carne en óptimas condiciones instaló frigoríficos gigantes, los primeros del país. Conjuntamente con esos enormes frigoríficos instaló una gran fábrica de hielo. Fue en esas circunstancias que Tulio Arturo Crespo conoció de cerca el montaje, manejo e insumos necesarios para su funcionamiento.
Prevalido de esos conocimientos y experiencia decidió trasladarse a la ciudad de Loja con su familia para instalar una fábrica de hielo, siendo la primera en nuestra urbe. Para ello adquirió un lote de terreno y levantó la edificación que es a la que me referido en líneas iniciales. Eso ocurrió, según mi amigo Fabricio Toledo, investigador zarumeño, a mediados de la década de los cuarenta del siglo XX.
Tulio Arturo Crespo se encontró en Loja con algunos parientes como los Argudo Crespo, y familias zarumeñas en general que se habían asentado años antes y disfrutaban de la hospitalidad de los lojanos. A fin de cuentas, somos la misma gente con iguales rasgos e identidad, y también compartimos los mismos platos favoritos, como el repe, la sopa de arvejas con guineo, la gallina criolla, el cuy, los tamales, las humitas, la chanfaina, el molloco, el manjar de leche y la miel con quesillo.
Nos unen lazos comunes desde que paltas y garrochambas habitaron nuestros territorios. Recordemos que el mismo hombre de a caballo y espada al cincho, Alonso de Mercadillo, fundó nuestras ciudades, y que Zaruma fue cantón de la provincia de Loja hasta 1882, año en que se separó para proclamar la creación de la provincia de El Oro, de la cual fue capital hasta 1883.
Mi buena amiga, Mariana Cortázar Crespo, escritora e historiadora portovelense, recuerda que Tulio Arturo fabricaba grandes bloques de hielo en moldes de hierro, de unos ochenta centímetros de alto, sesenta de ancho y treinta de grosor, siguiendo el mismo procedimiento que había aprendido en la empresa Sadco; esto es, introduciendo los moldes con agua en unos tanques de cemento que contenían ciertos químicos.
Los bloques de hielo se sacaban de los moldes y se los envolvía y tapaba con aserrín para que se conserven más tiempo, y en una carreta se los llevaba diariamente a vender en las heladerías de la ciudad, principalmente la del paisano Sergio Eduardo Romero Valarezo llamada “Villonaco”, quien conoció a la dama lojana Rosa María Celi cuando fue agente de la Singer, con la que contrajo matrimonio. Entre sus hijos, Pablo fue un destacado arquitecto y promovió la publicación del libro “Loja Plural en la Memoria”, una colección de relatos del que soy parte.
Años más tarde, Sergio Romero modernizó la elaboración de helados con la adquisición de una máquina de fabricación italiana Tylor, que por su sabor y calidad se hicieron famosos consagrando su propia marca. Los expendía en un gran micromercado que montó en la esquina de las calles Bolívar y Azuay, casa de un familiar, con productos de calidad, algunos importados.
Con la producción de hielo apareció en Loja el negocio de pequeñas máquinas importadas para elaborar helados en las casas. Se llamaban heladeras, una especie de balde de madera con un cilindro de metal en el centro que daba espacio para poner trozos de hielo con sal en su alrededor.
Con una manivela se hacía rotar manualmente el cilindro hasta lograr el punto preciso y saborear los más deliciosos helados, cuya fórmula estaba en la inspiración, creatividad y corazón de nuestras madres. Los muchachos éramos los encargados de manipular la manivela hasta sentir adormecido el brazo.
Tulio Arturo Crespo Crespo falleció relativamente joven, por 1955. La viuda, Zoila Agripina Romero Espinosa y sus hijos Enrique, el “Gordo” Jorge, Eduardo y Tulio, asumieron la responsabilidad de esa fábrica. El tiempo pasó y Enrique fue a estudiar y vivir en Guayaquil, luego viajo a Colombia; Jorge decidió radicarse en Quito y los demás tomaron otros rumbos, dando fin a un emprendimiento que es parte de la historia de nuestra urbe.
Concluido el agasajo navideño me despedí de Leonardo Tello y lo felicité por la iniciativa y esfuerzo, pero sobre todo por haber preservado el inmueble. Así también lo hizo inteligentemente Claudio Eguiguren Valdivieso con la casa patrimonial que fue de su distinguido padre, Julio Eguiguren Burneo, con más de doscientos años de construcción y una historia cargada de acontecimientos, convertida hoy en la hermosa “Casa Bolívar”.
