P. Milko René Torres Ordóñez
La Iglesia católica ha instituido siete sacramentos como caminos de salvación que nos llevan al encuentro con Jesucristo, Camino, Verdad y Vida. Cada uno de ellos tiene su materia y su forma. El primero, el Bautismo, puerta de ingreso a la Iglesia, permite el acceso a una nueva vida en la familia de los hijos de Dios.
El cristiano recibe la gracia de formar parte del cuerpo de Jesucristo, Sacerdote, Profeta y Rey. Muchos valoramos el bautismo y, quizá, recordamos al sacerdote que lo celebró en un ambiente familiar, lleno de alegría y esperanza. Después de la solemnidad de la Epifanía del Señor la Iglesia nos invita a reflexionar en un acontecimiento muy importante en la vida de nuestro Señor Jesucristo: su bautismo en el río Jordán.
San Lucas relata este hecho desde su experiencia de fe, personal y universal, en el que comparte una intención bastante clara. Para él, Jesucristo es el Salvador. A partir de la narración de la concepción virginal en el seno de María, el autor sagrado detalla minuciosamente, con suma elegancia literaria, el camino que Jesús recorre hasta llegar a la cima más alta, la gloria de la resurrección y la ascensión hacia el encuentro con su Padre. San Lucas cuenta que el pueblo de Israel vivía en constante expectación. Esperaban el cumplimiento de las antiguas profecías para recibir a un Mesías, del linaje de David.
Todos creían que Juan el Bautista encarnaba a su rey. Sin embargo, Juan los saca de dudas. Habla con la certeza que caracteriza su identidad. Reconoce la razón de la función que cumple. Bautiza con agua. Lo suyo constituye un ritual que tiene como finalidad despertar en la comunidad el deseo de vivir la conversión y la penitencia. Juan prepara el camino del Señor. Es la voz que clama en el desierto. La humildad de Juan revela el lugar que le corresponde en la Historia de la Salvación. Aquel que se encuentra en la otra orilla del río es más poderoso que él. Bautizará con el Espíritu Santo y con fuego. Esta afirmación, una entre tantas, nos permite interiorizar la profunda verdad de su vocación y misión.
El bautismo que confiere Jesús es el sacramento que nos garantiza vivir en Dios. Entre el bautismo de Juan y de Jesús encontramos semejanzas y diferencias. Materia y forma que configuran al cristiano en testigos de la fe en el mundo entero. San Lucas relata que mientras Jesús oraba el cielo se abrió y el Espíritu Santo bajó sobre Él en forma de paloma. Vivimos, ayer y hoy, la intensidad de una teofanía. La manifestación de la unión íntima entre el Padre y el Hijo, entre Dios y su Pueblo, su Iglesia. San Lucas destaca el detalle de un signo sensible. Entendemos que se trata de la gracia sacramental que nos envuelve a todos los creyentes. San Lucas concluye la narración con una afirmación que configura la cercanía de Dios, la manifestación de la presencia de Dios, Uno y Trino: “Tú eres mi hijo, el predilecto; en ti me complazco”. La razón de la confirmación de la naturaleza de Jesús, eterno y humano, reafirma que Dios nos ama.
