P. Milko René Torres Ordóñez
Con la celebración del Bautismo del Señor la Iglesia termina el tiempo de navidad y nos encamina hacia un encuentro fraterno, una pausa para introducirnos en la Cuaresma. La religiosidad popular nos enseña a dialogar con el presente a través de signos sensibles. Entre tanto, San Juan presenta en la narración de las Bodas de Caná la primera de las señales milagrosas de Jesús. El discípulo amado, como se autodenomina, desarrolla la intención de su obra maestra. El Verbo Encarnado, la Palabra Viva, vive entre nosotros. Sin embargo, debemos descubrirlo por medio de los signos.
La pregunta clave para San Juan puede ser: ¿Por qué conocerlo para amarlo y seguirlo? Nuestro relato empieza a desarrollarse en un ambiente familiar, común en los pequeños pueblos, como en Caná. Al evento concurren la madre, Jesús y sus discípulos. La madre de Jesús, hiperactiva y servicial, descubre que empieza a escasear el vino. En la Sagrada Escritura el vino, elemento importante en la convivencia cotidiana del pueblo de Israel, representa la alegría, la unidad y la vida. La boda, identidad familiar, trae a la memoria la unión de Dios con su Pueblo. El Dios cercano, histórico y liberador. En la Nueva Alianza Jesucristo sella la unidad intrínseca con un pueblo nuevo, la Iglesia. María, insiste, con determinación: “No tienen vino”. La hora de Jesús, la de la glorificación en la cruz, todavía no ha llegado. Todo tiene su tiempo. La promesa de los tiempos de salvación debe cumplirse en un momento culminante.
Jesús dialoga con su madre con la confianza de un hijo que entiende la situación que afecta a la familia anfitriona. San Juan destaca la firmeza de las palabras de María. En su corazón, el amor brota a borbotones. El amor a la humanidad, grande como el infinito, no tiene límites. El autor sagrado actualiza una de las frases emblemáticas de María, tal como las recoge San Lucas en el relato del anuncio del Ángel Gabriel: “Hagan lo que Él les diga”. El “Fiat”, alianza eterna de un amor maternal, conduce al ser humano, humilde y resiliente, al encuentro con el Padre. La voluntad de Dios, realizada con fidelidad, fortalece el proyecto de salvación para la humanidad. Cristo, Camino, Verdad y Vida, entrega su espíritu al Padre que lo ama. San Juan detalla la cantidad de tinajas, el nivel de agua, en consonancia con las palabras de Jesús: “Llenen de agua esas tinajas”. La plenitud de la gracia, significada en el borde de cada recipiente, implica novedad. El agua, convertida en vino, trae consigo una vida nueva.
El mejor vino ha llegado. El mayordomo de la boda felicita al novio: “Tú, en cambio, has guardado el mejor vino hasta ahora”. Jesús empieza su misión, según la cristología de San Juan. Jesús muestra su gloria en Caná con la primera de sus señales milagrosas. La importancia del hecho consumado trae consigo esperanza, fe y testimonio. En la realidad de nuestro tiempo necesitamos beber del mejor vino, actual, renovado. El jubileo de la esperanza que empezamos a vivir en el nuevo año presenta, como en las bodas de Cana, signos de comunión y de perdón. Llenamos las tinajas con el agua de renovación.
