Campos Ortega Romero
Tiempos de elecciones, tiempo de campañas electorales que realizan los partidos políticos y sus candidatos, en la búsqueda de los votos de la ciudadanía, como parte fundamental de los sistemas democráticos, toda campaña busca convencer para lograr mayorías electorales estables y afianzar la legalidad social, que constituye el sustento de todo sistema democrático. La historia nos expresa que las campañas electorales han pasado por diferentes etapas, para llegar a la sociedad de la información y el conocimiento, que ha generado cambios profundos como ejercer y reproducir el poder público, como bien lo señala Manuel Castells “la generación, el procesamiento y la transmisión de la información se convierten en las fuentes de la productividad y el poder, debido a las nuevas condiciones tecnológicas que surgen en este período histórico”.
Para que una democracia sea madura y de calidad requiere incorporar instrumentos éticos en su funcionamiento. Los ámbitos indispensables en los que hay que poner énfasis son: a) los procesos electorales, b) la operación interna de los partidos políticos y, c) la determinación del perfil de los candidatos a puestos de elección.
Cuando en las democracias contemporáneas quienes ocupan los cargos públicos no son necesariamente los más capaces o los más comprometidos con la pluralidad de intereses, se gobierna entonces para unos pocos o para un sector económico y social concreto. Dicha situación conduce al deterioro del Estado. Al respecto, el filósofo Platón, escribió: “Cuando los pordioseros y necesitados de bienes privados marchan sobre los asuntos públicos, convencidos de que allí han de apoderarse del bien; cuando el gobierno se convierte en objeto de disputas, semejante guerra doméstica e intestina acaba con ellos y con el resto del Estado (Platón, La República, 521 a, 2008)”.
La ausencia de requisitos éticos en el perfil del aspirante a los cargos de elección da pie a la proliferación de prácticas corruptas una vez en el cargo. Bajo estas circunstancias, el ideal de la democracia, que se materializaría en el bien común, así como en una vida buena para la comunidad política, resulta impracticable.
Si bien la democracia permite la participación de todo ciudadano en la vida política, siempre que se transite por los canales establecidos (ser ciudadano y postulado por un partido político), no es un sistema político perfecto, porque se acompaña de muchas deficiencias, entre ellas el descuido de la ética en el perfil de los candidatos.
La apertura excesivamente generalizada de acceso a los cargos públicos permite que individuos faltos de principios y de una cultura política y ética básicas, lleguen al poder. Esta situación da paso a personas incompetentes, oportunistas e ignorantes de política: cantantes, actores, deportistas, animadores, dando acceso incluso a aquellas personas que llevan una vida deshonesta o perversa: ladrones de cuello blanco, asesinos, narcotraficantes. Este tipo de personas, una vez en el poder, generan la desacreditación de la política a través de conductas deshonrosas. Esta situación la describe muy bien el Nobel de literatura, Mario Vargas Llosa:
“Las elecciones adoptan la forma de una animada ficción, de un juego de fingimientos y disfraces, de manipulación de emociones e ilusiones, en las que triunfa no quien está dotado de mejores ideas y programas o de mayor poder de convencimiento sino el que actúa mejor y encarna de manera más persuasiva el personaje que los técnicos de la publicidad le han fabricado porque, a su juicio, es el más vendible” (Vargas, 2003, 13)
Los ecuatorianos nos aprestamos a la elección del nuevo presidente de nuestro país, usted sí, usted tiene el poder de tomar decisiones claves sobre la calidad de vida que desea para su familia y su comunidad. Su voto constituye la oportunidad de defender sus aspiraciones personales, como vivienda asequible, salud para todos, protección del medio ambiente y una educación de calidad. Es su derecho, no votar es renunciar a su voz. Votar es la voz del pueblo, el mecanismo a través del cual expresamos nuestras esperanzas, sueños y aspiraciones de un futuro mejor. Es el gran igualador, en el que cada individuo, independientemente de su origen o condición, posee el mismo peso en la configuración del curso de nuestro país.
