Galo Guerrero-Jiménez
Para acercarnos a un texto hay que desarrollar estrategias que permitan adentrarnos en él; solo así, cuando el lector está dentro del conjunto de lenguaje escrito podrá abordarlo cognitiva y estéticamente desde el ámbito gramatical y semántico para entenderlo. En el fondo, se trata de todo un componente creativo de cultura personal para comunicarse mutuamente, es decir, el texto y el lector, con sus factores culturales con los cuales la relación comunicativa con la sociedad será satisfactoria, tanto en el ámbito de la educación, cuanto en el socio-cultural, porque desde esa satisfacción lectora, su cerebro y su disposición psicosomática sabrá poner en acción su conocimiento, el cual puede ser manifestado lingüísticamente desde la comprensión lingüística, literal e inferencial, y qué mejor, crítico-valorativa y proactivamente.
Esta actitud de esfuerzo personal, de interés, de voluntad para adentrase en el mundo textual de conformidad con las estrategias que le sean posibles, bien porque se automotiva o por la relación de mediación que puede efectuar una persona que ya esté viviendo la fiesta de la lectura, como puede ser un docente, la familia, un investigador, un académico, un escritor, una amistad determinada o un alguien que sabe acercarse a ese novel lector que, interesado, logrará que el cerebro se predisponga para que esta actividad cognitiva prospere en su mente, dado que, “el cerebro genera la percepción de la realidad en base a la información de los sentidos” (Del Rosario, 2019); y si los sentidos dicen que estamos listos para emprender en esta actividad textual, entonces, es fácil estar dispuestos para llevar a cabo esta aventura de disposición mental, cultural, literaria, científica, artística, o la que sea, por las páginas del texto.
Sin embargo, esta realidad lectora “es posible porque al cerebro le da igual lo que ocurra realmente, lo importante es lo que nosotros pensamos acerca de lo que ocurre. El organismo no responde a la verdad, sino a nuestra interpretación individual de la realidad” (Del Rosario, 2019); por eso, lo que ocurre mientras lee, depende de lo que el lector vaya estableciendo con la realidad del texto y su realidad cerebral; por ejemplo, si se empeña por comprender el significado, el cerebro provoca satisfacción y confianza, y desde ese contexto, como afirma Goodman, citado por Tejeda, el lector optimizará simultáneamente las estrategias ópticas, perceptivas, sintácticas y semánticas, de manera que, llegará a pensar, quizá, sin darse cuenta que:
“La búsqueda de significado es la característica más importante del proceso de lectura, y es en el ciclo semántico que toma su valor. El significado es construido mientras leemos, pero también es reconstruido ya que debemos acomodar de manera continua nueva información y adaptar nuestro sentido de significado en información a lo largo de la lectura de un texto, e incluso luego, el lector está continuamente reevaluando el significado, reconstruyéndolo en la medida en que obtiene nuevas percepciones” (2012) lectoras.
Pues, desde esta óptica, el lector construye su realidad contextual, y con esa compostura cognitiva, lo que hace es crear una ética de la lectura, es decir, un comportamiento personal para leer a su manera a través de una serie de asuntos cosméticos, es decir, de acomodos, de composturas mentales, de maquillaje para embellecer un hecho substancial en la vida del texto que, al conocer la realidad desde su condición de lector, fragua una ética a través de una cosmética en la que se entreteje y modula el yo: “Yo soy yo y mi lenguaje”. Yo soy lenguaje. Unas manos etéreas, hechas de prejuicios, de egoísmos, de oscuridad y luz, de veracidad y falsedad. La educación en ese lenguaje que nos constituye puede servirnos para iluminar la realidad, para vivir, para llegar a ser, para alcanzar el “deber ser” (Lledó, 2022) de la humana existencia.
