Galo Guerrero-Jiménez
Leer, como hemos sostenido en infinidad de artículos sobre el tema, es una tarea profundamente humana, que implica procesos de racionalidad, de emocionalidad, de convivencia, de democracia, de educación y de una formación permanente en la que los lectores que ya han logrado esa familiaridad con el texto, de manera libre y voluntaria, se acercan a un libro de su predilección, el cual va en consonancia con su compostura psicosomática, socio-educativo-cultural y, ante todo, para, al encontrarse con esta herramienta intelectual que tiene un alto condimento liberador, apasionante, estético y ético situacional en el que el componte cognitivo se vea fortalecido creativa, hermenéutica y lingüísticamente, asumiendo que el cerebro propicia una concentración profunda para una consolidación de lo gramatical, semántico, psico-socio-lingüístico, morfo-sintáctico y pragmático-filosófico de la lengua, en virtud de la compostura personal que crea espacios creativos y emotivos para relacionarse con la realidad desde ese lenguaje especial, muy propio de quien lee una temática de su agrado.
A esta forma de leer con este fervor creativo, cuando la libertad, y no la imposición, interviene para degustar de la lectura de un texto, produce un comportamiento personal al cual se le denomina una compostura ética, porque va acompañada de una degustación estética y libremente elegida. Lo contrario de esta compostura personal, cuando aparece una “lectura que solo es útil para buscar información, adquirir conocimientos, elaborar artefactos o confirmar la realidad, es una lectura restringida, alejada de las emociones. Leer solamente en busca de información, no hace crecer el espíritu ni ensanchar la imaginación; ese tipo de lectura está bien para formar sujetos eficientes” (Tejeda, 2012) o ineficientes, como sucede con la lectura en las pantallas táctiles en que la información se convierte en meros datos, carentes de toda visión reflexiva en donde, más bien, como sostiene Enric Puig Punyet, aparece “la cara de bobo que se le pone a la gente cuando está absorta ante una pantalla táctil, demasiado cerca, demasiado perdida tan distinta a la que provoca, por ejemplo, la lectura de un libro” (2016), en donde el gozo, el disfrute y el fortalecimiento del pensamiento reflexivo es a otro nivel.
Así sucede, por ejemplo, con el personaje protagónico de la novela póstuma de Gabriel García Márquez, titulada En agosto nos vemos, cuando llega a una aldea muy miserable y cuya mejor compañía es la de un libro, una obra de literatura que lleva en su bolso de viaje; pues, como dice en sus páginas: “Era el único lugar solitario donde no podía sentirse sola. (…) Volvió al hotel, se tendió en la cama (…) y reanudó la lectura del libro en la página marcada con el cortapapeles bajo las aspas del ventilador del techo que apenas se removían con el calor. El libro era Drácula, de Bran Stoker. Había leído la mitad en el transbordador con el fervor de una obra maestra. Se quedó dormida con el libro en el pecho y despertó dos horas después en las tinieblas, empapada en sudor y muerta de hambre” (2024), pero con la experiencia exquisita de haber leído.
Y es que, el poder del libro en físico, cuando el lector lo asume con la más plena libertad de su interés por leerlo, provoca este tipo de composturas lectoras, profundamente comprometidas con la vida, como señalan Rodrigo y Gonzalo García Barcha, en el prólogo de En agosto nos vemos, al hablar de la validez narrativa de este texto literario: “Su capacidad de invención, la poesía del lenguaje, la narrativa cautivadora, su entendimiento del ser humano y su cariño por sus vivencias y sus desventuras, sobre todo en el amor. El amor, posiblemente el tema principal de toda su obra” (2024), son los condimentos esenciales para generar una mirada de fervor lectora: estética, narrativa y poéticamente asumidas en una novela que, alejada de todo proceso informacional, nos promueve a la conformación ética de un espíritu creativo, emotivo y amoroso
