Santiago Armijos Valdivieso
Ejercer el derecho al voto es un acto cívico y sagrado que debe ser entendido como lo que realmente representa: ¡La ratificación solemne de una suerte de matrimonio sagrado e inquebrantable entre la patria y el ciudadano!
Al ejercerlo, se produce una especie de pacto altruista por el cual compartimos con la democracia la gigantesca responsabilidad de decidir el porvenir colectivo e individual, y con ello, el futuro de nuestros hijos. Es verdad, del porte de una catedral, que nuestra democracia, aún en vías de desarrollo, adolece de muchas falencias y distorsiones como el permitir que en la papeleta electoral se hayan colado candidatos (tanto para presidente como para asambleístas) que ni de lejos cumplen con los requisitos mínimos para ser una opción seria y válida para trabajar por la solución de los complejísimos problemas que arrinconan a la Nación. Pero, finalmente, eso es lo que tenemos, y para mejorarla resulta imprescindible una responsable participación en el evento electoral que se avecina. Claro está que para lograrlo, los electores debemos empezar por desechar todo tipo de demonio que enturbie nuestra lucidez democrática, como mezquindades, rencores, cálculos de conveniencia personal, frustraciones, y así, solo así, priorizar las propuestas que más nos convenga como colectividad que, al funcionar y estar mejor dirigida, podría proyectar mejores días y oportunidades para todos.
En el actual proceso electoral, merecen especial repudio las candidaturas que, para cubrir su manifiesta incapacidad y falta de propuestas y probidad, han recurrido al burdo espectáculo de bailecitos, cantos destemplados y saltitos sin gracia difundidos por las redes digitales en las que se puede publicar hasta lo impublicable. Esto, en lugar de contribuir al engrandecimiento de una democracia, la enferma, la caricaturiza y la degrada a niveles impresentables.
Por el contrario, ha resultado aceptable la realización de debates públicos entre los candidatos a presidente, vicepresidente y asambleístas, lo cual, no exime a las autoridades electorales de haberlos organizado de mejor forma, dado los evidentes problemas de organización, pero algo es mejor que nada.
Apostando al boleto de la esperanza y evitando repetir más errores electorales, vayamos con responsabilidad el domingo 9 de febrero de 2025 y hagamos valer nuestra decisión en el destino del Ecuador.
