Memorias de un gran maestro

     Por el año 1972 ingresaba a la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de Loja, con el fin de estudiar para profesor de Castellano y Literatura de los colegios del país. Era la época de vacas gordas de la U, dirigido por un rector muy capaz y con una amplia visión de que la ciencia, la tecnología y la investigación deben marchar juntas y de que el conocimiento debe universalizarse. Estando en la flor de la vida, unos hechos los marxistas, leninistas, troskistas; otros, soñando en el Ch. Guevara, le entramos al asunto.

     En este ambiente de gallardía y espíritu rebelde se asomó un tal Fausto Aguirre Tirado para darnos Fonética y Fonología y Metodología de la Investigación Científica Lógica y Formal, de acuerdo al pénsum de estudios. Se presentó como el “Manco de Lepanto”, así de frente y alzando su brazo izquierdo sin la mano. En la primera clase hizo un derroche de su erudición, a tal punto que no le entendimos en lo absoluto.

     En la siguiente clase, los alumnos de “izquierda”, ante el peligro de reprobar dos materias, habían preparado una reunión para pedirle que cambiara el método de enseñanza porque no se le entendía nada. El aludido muy franco dijo, “desde hoy vamos a estudiar e investigar para ser buenos maestros, trataré de ser más objetivo en mis clases”. Y con camaradería trazó una línea horizontal en el piso para que pasáramos al sur los que quisiéramos. Solo arribamos 13: Manuel y Miguel Granda, Gloria Sarango, Olivio Puchaicela, Luis Pineda, Artemio Ordóñez, Enma Gutiérrez, Azucena García, Victoriano Granda, Modesto Quezada, Darío Granda y esposa y, el autor de estas líneas.

     A partir de aquel hecho, “El Fausto” se convirtió en confidente y “amigo-maestro” inseparable. Siempre estuve en su inmensa biblioteca curioseando, conversando y pidiendo prestado las novedades editoriales. Incluso para graduarme en Lengua Española y Literatura de la UTPL, con dación de maestro, puso en mis manos más de 100 libros sobre literatura erótica con el compromiso de que los estudiara en 6 meses y escribiera Eros y Literatura. Lo propio hizo para la maestría en Literatura Infantil y Juvenil con obras en las que me documenté para construir Voces para la ensoñación.

     De esas fue “El Fausto”. Aunque me trataba de necio y porfiado, tuve la suerte de que el académico de la lengua prologara mis Talleres de motivación a la lectura. Sus cumplidos siempre me estimularon, porque remarcaban dedicación y perseverancia. Por eso le llevaré en mi mente, porque a él le debo todo lo que he hecho hasta hoy, porque me enseñó a leer y a investigar.

     Ahora solo me quedan sus libros que reposan en el Tambo de Lectura “Jaime del Castillo” y revoloteando una honda pena y la nostalgia de haber perdido al “amigo”. Esté seguro maestro que no le defraudaré, las obras suyas las compartiré, las socializaré para que usted no muera, que sea luz y guía para las futuras generaciones, de suerte que sus 80 caminos andados por el magisterio no hayan sido en vano.