P. Milko René Torres Ordóñez
Los seres humanos vivimos en comunidad y, en ella potenciamos carismas y dones. Respondemos a la invitación de una voz interior que nos impulsa abandonar la cueva que nos cobija para salir a buscar nuevas maneras de progresar. La palabra “vocacion” conserva el color que la distingue y el sabor que la vuelve apasionante. Todo hombre tiene una misión que cumplir en el mundo que lo rodea y lo interpela. La razón de su felicidad radica en valorar su identidad.
El camino trazado lleva a una plena realización. La Sagrada Escritura contiene el testimonio de hombres y mujeres que, desde el lugar en el que se encuentren, forjan historias con mensajes que nos conmueven. Un primer ejemplo: el profeta Isaias contempla la gloria del Señor. La voz de Yahveh llama e interpela, libera y envía. El ángel del Señor toca sus labios y los purifica.
Dios quiere que escuche su voz para que reconozca su santidad. Recibe su carta de identidad que lo distingue de otros heraldos de la fe. El autor del salmo 137 invita a su pueblo a darle gracias en una travesía dura y peligrosa. La confianza en el Señor, pieza fundamental en el entramado de la historia de la salvación, constituye uno de los soportes más necesarios en la línea de nuestra solidaridad: “Tu mano, Señor, nos pondrá a salvo…Tu amor perdura eternamente”.
San Pablo, aprendiz de fariseo, recibe el privilegio de abandonar su estructura de confort, para vivir momentos únicos en el servicio a Dios y a los demás. Jesús, la razón de su nueva vida, lo fortalece. Lo invita a remar mar adentro en un mundo que exige presencia y testimonio. San Pablo recalca aquello que lo configura día tras día: “Por la gracia de Dios, soy lo que soy”. Transmite la Buena Noticia para que aumente su fe y muchos se salven. Cristo murió por nuestros pecados. Fue sepultado y resucitó al tercer día. Lucas, el querido médico griego, comparte una narración en la que brilla la presencia de Jesús junto al lago de Genesaret.
Las barcas, junto a la orilla, señalan el punto de partida para comenzar una tarea. Los pescadores, hombres humildes y trabajadores, escuchan la invitación de Jesús. En la barca de Pedro, sentado en ella, enseña a la multitud. Les pide que remen mar adentro y que echen sus redes para pescar. Acceden a hacerlo, a pesar de su indecisión porque sus palabras llenan su alma de confianza. Pescaron una cantidad muy grande de peces. Las redes se rompían. San Lucas, une dos elementos en el relato: la humildad de Pedro y de sus compañeros de faena, y la fe en la misión que va a cambiar su vida: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”.
El giro que confiere la confianza en el mandato divino resulta dramático. Llevaron las barcas a tierra, y dejándolo todo lo siguieron. Dios, con su hijo predilecto, abre nuevos cielos en la historia de la humanidad. La Iglesia, representada por los pescadores que pisan tierra firme, lleva el mensaje de renovación a todos los rincones del mundo. Nosotros, vamos a formar parte de nuevas travesías con Jesús en su barca.
