BIENAVENTURADOS

 P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

La confianza constituye una de las virtudes muy necesarias, imprescindibles, en la vida de los seres humanos. Con ella nacemos y, con ella, morimos. Todos queremos desarrollar nuestras actividades en un entorno de paz, en el que predomine la interacción positiva que nos permita desarrollar aquello que beneficie a los demás. En la Sagrada Escritura, como en el devenir de la existencia del hombre, encontramos palabras y frases que nos motivan.

Los profetas son portadores de confianza y de esperanza. Cada oráculo que pronuncian lleva y trae mensajes que alimentan el deseo de vivir mejor. Jeremías, conocido por sus contemporáneos como el “profeta de las lamentaciones”, habla desde la realidad que brota de su corazón: “Bendito quien confía en el Señor y pone en Él su confianza”. La compara con un árbol plantado junto al agua. La metáfora del profeta, al tiempo de compartirnos una obra selecta, tiene mucha profundidad.

El árbol sin agua no vive. No da sombra. No produce frutos apetecibles. El follaje que lo recubre muestra el verdor que le confiere identidad. El hombre, en medio de sus dificultades, en tiempos de sequía, no pierde su transparencia, signo de plenitud y de madurez. Todo el tiempo dará buenos frutos. Jeremías, invita al pueblo a no decaer nunca. La confianza en el Señor afianza cada proyecto que queremos realizar porque beneficia al que vive cerca, o lejos de nosotros. Al que cree y al que siente que le faltan fuerzas para llegar a la meta. El autor del Salmo 1 recalca el sentir profético: “Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor”.

Fortalece la alegría que recibe cada día: “Cuanto emprende tiene buen fin”. La razón del dinamismo interior que transparenta radica en la cercanía a la fuente de agua viva que tiene a su lado. La palabra del Señor, leída y meditada le confiere la luz que lo acompaña día y noche. El mensaje que recorre sus venas, como la sangre que le permite vivir, guía cada paso que da.

Camina de la mano de Dios, confiado, muy seguro.  San Pablo, en la primera carta a la comunidad de Corinto, proclama la verdad de fe tan clara como un amanecer: “Si Cristo no ha resucitado, su fe no tiene sentido”. Vivimos anclados en un mundo oscuro. Sumergidos en el mar de la incertidumbre, sin aire, sin luz, sin brújula. En un entorno de muerte. Pablo nos anima. Profundiza, como un experto navegador, en el alcance de nuestra confianza. No pongamos nuestra esperanza en Cristo solo en esta vida. Propone trabajar para vivir en la gloria que no tiene fin, en la vida eterna. Debemos trabajar aquí, en la construcción de un mundo nuevo, para disfrutar de la alegría que nunca perece: el encuentro, cara a cara con Dios.

“Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto”. El Apóstol de las naciones se entrega con la confianza puesta en quien lo llamó y le otorgó la fuerza para amar y servir.  San Lucas, desarrolla con las bienaventuranzas el plan de amor, la razón para compartir cada aliento de su vida con nosotros: el reino de Dios nos pertenece.