Fernando Cortés Vivanco
La política dejó de ser un espacio de debate. Hoy es un campo de batalla. No se discuten ideas, se defienden trincheras. No se argumenta, se insulta. No hay matices, solo enemigos. En Ecuador y en el mundo, la polarización se ha vuelto el nuevo lenguaje de la política. Y no es casualidad. Algo está alimentando esta fractura. ¿Por qué nos cuesta tanto escucharnos? ¿Por qué los hechos ya no convencen?
Este fenómeno tiene múltiples dimensiones, entre ellas, dos fundamentales: la desigualdad y las redes sociales. En sociedades altamente desiguales, la polarización se intensifica mediante la búsqueda no solo de representación política, sino de identidad y reconocimiento. En Ecuador, esta brecha no es solo económica, sino simbólica: la política se convierte en un vehículo para canalizar frustraciones y construir narrativas de «ellos» vs «nosotros». El problema es que estas identidades son absolutas: no se elige un líder, se adopta un salvador. La política deja de ser un espacio de diálogo y se transforma en una guerra de lealtades.
La discusión política migró de plazas y cafés a X, Instagram y TikTok. Pero las redes sociales no están diseñadas para el debate racional, sino para la viralización de lo emotivo. Como advertía Habermas, la comunicación política racional se sustituye por la manipulación masiva, reduciendo la opinión pública a una caja de resonancia. Los algoritmos detectan qué nos enfurece y nos lo sirven repetidamente, convenciéndonos de que el otro bando no es solo diferente, sino una amenaza. Crean burbujas donde solo nos relacionamos con quienes piensan igual. Así, la polarización se convierte en un producto rentable.
Uno pensaría que con datos suficientes y argumentos sólidos podríamos llegar a acuerdos. Pero la polarización extrema destruye la capacidad de aceptar la realidad cuando contradice nuestras creencias. Como señala Arendt, lo que convence no son los hechos, sino la coherencia de un sistema en el que se espera que encajen. Si un dato contradice nuestra visión, lo ignoramos. Si una noticia incomoda, la tachamos de «fake news». La verdad deja de ser punto de encuentro y se vuelve campo de batalla.
¿Cómo salimos de aquí? No hay soluciones simples, pero existen caminos: fortalecer la educación cívica y mediática, usar el arte para tender puentes entre visiones opuestas, crear espacios de deliberación donde la información se evalúe con rigor científico, promover iniciativas de fact-checking que superen la lógica de confrontación, etc.
La polarización extrema no es inevitable, pero tampoco accidental. Es un modelo de negocio y una estrategia de poder. Y no podremos construir un mejor Ecuador, si como ecuatorianas y ecuatorianos no nos entendemos.
