Como título he colocado el primer verso de la “oración por la paz”, de San Francisco, para motivar a la reflexión de los ecuatorianos, debido a que las últimas elecciones nos han dejado un sabor agridulce en los sentimientos de la mayoría de las personas. Los insultos, las calumnias, las mentiras, los intentos de comprar los votos con regalos, el desacato a las leyes, el irrespeto a las personas, son unas pocas muestras de cómo se sembró odio en vez de democracia.
Ha llegado el momento de no mirar indiferentes estas realidades. ¿Qué hacer para ir cambiando estos comportamientos de los candidatos y de buena parte de la población ecuatoriana?
Todos seguramente responderemos por medio de la educación, pero, ¿Cómo educarnos para ser personas que seamos ejemplo de vivir en paz?
Confío que estaremos de acuerdo que la educación comienza en casa y por ello les presentamos unos pensamientos que esperamos sean alimentos para la educación de abuelos, padres, hijos, nietos y más familiares: “Comienza en casa. Alimentemos sus mentes. Cultivemos sus pensamientos. Mostremos gracia y pidamos perdón cuando nos hayamos quedado cortos. Comienza en casa. Vamos a construir relaciones saludables. Vamos a enseñarles respeto y modales. Mostrémosles el poder de la bondad. Comienza en casa. Usemos palabras que se acumulen. Hablemos con esperanza en tiempos de problemas. Nos negamos a darnos por vencidos cuando la vida se pone dura. Comienza en casa. Da prioridad a lo que realmente importa. Creemos recuerdos en los momentos más simples. Enfrentémonos a emociones sin reprimirlas. Comienza en casa. Estemos ahí para ellos. Vamos a mantener la conversación abierta. Los conocemos un poco más cada día. Y cada día, rezo para que el hogar sea un lugar que recuerde un espacio para aprender, reír, crecer, perdonar y sentar una base sólida para el futuro. Amores a distancia.”
Tenemos que valorar los ejemplos que recibimos en el ámbito local, nacional e internacional. Hace pocos meses escuchamos un mensaje memorable de la Obispa Mariann Edgar Budde de la Diócesis Episcopal de Washington DC, dirigido a presidente Donald Trump, que se encontraba presente en la ceremonia religiosa:
«Señor presidente: millones han puesto su confianza en usted. Y como usted dijo ayer, ha sentido la mano providencial de un Dios amoroso. En el nombre de Dios, le pido que tenga misericordia para gente en nuestro país que tiene miedo ahora. Hay niños gays, lesbianas y transexuales, y familias demócratas y republicanas e independientes, algunas de las cuales temen por sus vidas. Gente que recoge las cosechas, que limpia nuestras oficinas. Que trabajan en granjas y en empacadoras de carne. Que lavan la loza luego de que comemos en restaurantes. Y que trabajan en turnos nocturnos en hospitales. Podrán no ser ciudadanos, o tener la documentación apropiada. Pero la vasta mayoría de los migrantes no son criminales. Ellos pagan impuestos, son nuestros vecinos, son fieles miembros de nuestras iglesias, mezquitas, sinagogas y templos. Le pido que tenga clemencia con aquellos en nuestras comunidades cuyos niños temen que sus padres sean llevados lejos. Y que ayude a los que huyen de zonas de guerra y persecución en sus propias tierras a encontrar compasión y acogida aquí».
Hombres y mujeres, jóvenes y señoritas, niñas y niños de nuestro querido Ecuador, que cada día podamos exclamar, junto con Carmiña Navia Velasco: “Bienaventurados y bienaventuradas los hijos y las hijas de la Paz.(O)
