Efraín Borrero Espinosa
El once de julio de 1963, la Junta Militar de Gobierno integrada por el contralmirante Ramón Castro Jijón, general Marcos Gándara Enríquez, general Luis Cabrera Sevilla y coronel Guillermo Freile Posso, asumió el poder luego del golpe de Estado al presidente Carlos Julio Arosemena Monroy.
Para los militares algunas universidades eran el reducto de autoridades, profesores y estudiantes comunistas, y como éstos fueron declarados ciudadanos fuera de la ley era imperativo intervenirlas adoptando medidas de hecho para clausurarlas, a fin de proceder a su reorganización; además de regular su funcionamiento con la expedición de una nueva Ley Orgánica de Educación Superior, el 31 de marzo de 1964.
Bien cabe el pensamiento del escritor, poeta y novelista francés conocido como Anatole France: “Llamamos peligrosos a los que poseen un espíritu contrario al nuestro e inmorales a los que no profesan nuestra moral”.
La Universidad Nacional de Loja, cuyo rector era el destacado jurista Juan Francisco Ontaneda Castillo, fue la primera que clausuraron, hecho ocurrido el 20 de agosto de 1963. Al día siguiente, mediante Decreto Supremo se procedió a reorganizar al personal directivo, designándose a Clodoveo Jaramillo Alvarado, Carlos Manuel Espinosa y Alfonso Valdivieso Carrión como decanos provisionales de las facultades de Jurisprudencia, Ciencias de la Educación y Agronomía y Veterinaria, respectivamente. El rectorado fue encargado a Clodoveo Jaramillo Alvarado.
Desde ese momento se inició una persecución brutal a directivos, profesores y estudiantes considerados izquierdistas. No faltó quien, opuesto a la gestión del rector se prestó para brindar información a la soldadesca en su loco afán de arrestarlos. Finalmente lograron encarcelar a Juan Francisco Ontaneda, Eduardo Unda Bustamante, Antonio Peña Celi, Luis Valarezo Luzuriaga, Guillermo Falconí Espinosa, que fue presidente de la FEUE, y a Jorge Valdivieso Moreno, quien tranquilamente se desempeñaba como Secretario de la Universidad. A otros profesores los desvincularon de la planta docente, de un solo tajo.
La cárcel de Loja – llamada hoy Centro de Rehabilitación Social – era un punto de referencia urbano. Su vieja edificación estaba situada en la intersección de las calles Bolívar e Imbabura, terreno ocupado actualmente por la Cooperativa de Ahorro y Crédito Fortuna.
La Policía Nacional manejaba bien el control y cumplía las responsabilidades que había asumido. El Sargento Matamoros, en su pequeña mesa de trabajo al pie de la puerta principal, anotaba y autorizaba el ingreso de las personas. Conocía a todos los del barrio; diariamente saludaba con Luis Arroyo Naranjo y otros vecinos.
El Cabo Navarrete llevaba un cuaderno de apuntes para establecer el comportamiento de los presos – hoy llamados PPL – señalándolos de la siguiente forma: con negro, los que no tenían componte, como los de la sección cinco; con rojo, los que estaban en observación, algo así como en el limbo; y, con azul, los que se habían comportado como hijos bien educados, quienes se hacían acreedores al premio o recompensa consistente en salir por las calles aledañas, hasta el mercado central, con una canasta grande, para recibir el favor de la gente solidaria, siempre escoltados por un policía con escopeta al hombro.
Por su generosidad y espíritu humanitario, mi querida y recordada madre era un punto fijo al que acudían esos presos. Ella les proveía porciones de víveres y les prometía rezar por su situación.
También podían salir para realizar trabajos a domicilio, claro está acompañados de un gendarme. Fabián Valdivieso Eguiguren me contó que en alguna ocasión su padre utilizó los servicios de un preso que sabía el oficio de gasfitería.
Según la “Columna de la historia lojana”, un magnífico segmento producido por el Archivo Histórico Municipal, la cárcel de Loja fue construida por el empresario Ramón Riofrío en el último cuarto del siglo XIX.
De lo que recuerdo, por la parte frontal de la calle Bolívar se ingresaba a la sección de hombres y por la parte lateral de la calle Imbabura, a la de mujeres, divididas las dos secciones por una cancha de voleibol que había en su interior.
Los gendarmes de la cárcel sabían que los arrestados eran gente de bien, respetada y considerada por la colectividad, y que la medida adoptada por los militares había mancillado su dignidad, por esa razón los ubicaron en cuartos del segundo piso de la parte frontal, brindándoles la consideración que merecían.
Roberto Valdivieso Cueva me dijo que siendo aún muchacho le impactó la injusta y humillante situación de su padre, Jorge Valdivieso Moreno, y que cuantas veces tuvo oportunidad lo acompañó aún por las noches tendiendo una colchoneta en el suelo. Cuenta que los personajes universitarios antes mencionados lo trataban afectuosamente. Las visitas familiares y de amigos eran los domingos, y los cuartos en donde se encontraban los arrestados se repletaban de gente.
Algunos parientes y amigos lograban ingresar en días ordinarios, como lo hizo en cierta ocasión el “Chuso” Luis Sánchez Moreno, quien, sabiendo que algunos presos se dedicaban a la talabartería, carpintería, zapatería y otras actividades artesanales, gritó desde la planta baja a su querido primo Jorge: reo Valdivieso, vengo para que me hagas una “jáquima”; una cuerda que se ata al pescuezo o a la cabeza de las caballerías para sujetarlas o para conducirlas caminando. Jorge Valdivieso, con el mismo tono de voz e idéntica “chispa”, respondió: sube para tomarte las medidas.
Dice Roberto Valdivieso que su padre era un alma de Dios, nada tenía que ver ni con izquierda ni con derecha; fue un profesional que simplemente cumplía a cabalidad su función de secretario de la Universidad Nacional de Loja; era un hombre verdaderamente bueno. Sobre Jorge Valdivieso Moreno, su hija María Antonieta escribió años más tarde: «Papá fue un distinguido abogado, y sobre todo un extraordinario ser humano, dueño de un exquisito don de gentes. Al retrotraer la memoria de nuestro padre imposible no recordar su generosidad, su afán de servicio, su fina inteligencia, su personalidad cálida y afectuosa, su forma sincera y franca de hablar, presto siempre a emitir su sabio criterio jurídico. También es de resaltar como rasgo de su personalidad su modestia, no le agradaban los halagos ni las vanidades, simplemente lo abrumaban, pues era un ser sencillo, sin poses ni prepotencias. Fue muy querido por la sociedad lojana, a quien sirvió con tanta gentileza y caballerosidad”.
Las muestras de rechazo y solidaridad por lo acaecido con los distinguidos personajes universitarios no se hicieron esperar y fueron múltiples.
El tiempo transcurrió y el 27 de abril de 1964 la Asamblea Universitaria eligió como rector a Alfredo Mora Reyes. Fue en ese año que ingresé a la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Nacional de Loja para cursar los seis años de estudio y recibir las sabias enseñanzas de ilustres maestros, quienes, además, fueron guía de valores. No recuerdo que alguno de ellos haya influenciado en el alumnado con sus posiciones ideológicas o políticas.
En esa planta docente constaban algunos de los profesores desvinculados cuyo reintegro fue posible cuando la Junta Militar de Gobierno dejó el poder el 29 de marzo de 1966. El día anterior, el pueblo lojano, junto a estudiantes bernardinos y universitarios, había dado su cuota de sacrificio: catorce jóvenes luchadores fueron acribillados en las calles de la ciudad de Loja, como comenta Félix Benavides Maldonado, expresidente de la FEUE.
En cuanto a Juan Francisco Ontaneda Castillo, mi amigo Santiago Armijos Valdivieso dice: «En conversaciones con algunos abogados que fueron alumnos del Dr. Ontaneda y recibieron clases en la vieja casona universitaria (ubicada en la calle Bernardo Valdivieso y Rocafuerte); todos coinciden en que fue un erudito del derecho civil, en cuyas clases magistrales hacía derroche de conocimientos profundos y críticos en torno a las complejas instituciones que forman parte del derecho civil. El dominio del profesor sobre la materia había sido tal, que cuando pedía leer, a algún alumno, las normas del Código Civil, tenía la capacidad de detectar con exactitud: errores u omisiones de sustantivos, adjetivos, verbos, preposiciones, adverbios o signos de puntuación».
La ironía de la clausura y arremetida contra los estamentos universitarios es que, en ese año 1963, los estudiantes del sexto curso de la Facultad de Jurisprudencia, con el apoyo de autoridades y profesores, hicieron realidad el Festival de la Lira y la Pluma Lojanas que tanto prestigio confirió a Loja a lo largo y ancho del territorio nacional, dando muestra de la riqueza cultural que por siempre ha generado la Universidad Nacional de Loja.
