El peligroso juego de los políticos: «ellos los malos y yo (autoridad) el bueno»

En la política contemporánea, pocas estrategias son tan efectivas, y a la vez tan destructivas, como la simplificación maniquea de la realidad. Bajo el lema “ellos los malos, yo el bueno”, líderes de distintas ideologías construyen relatos que reducen la complejidad social a una lucha entre héroes y villanos. Este enfoque, seductor para electores frustrados, no solo erosiona la democracia, sino que perpetúa ciclos de confrontación e ineficacia. En Ecuador, donde la polarización y la desconfianza institucional alcanzan niveles críticos, entender las reglas de este juego es vital para evitar caer en sus trampas.  

Por ello, es necesario comprender la anatomía del maniqueísmo político, cuyo mecanismo es sencillo: identificar un enemigo (la “partidocracia”, las élites, los “globalistas”, los “populistas”) y presentarse como el único salvador capaz de derrotarlo. Este guion, repetido en discursos y campañas, apela a emociones primarias: el miedo, la rabia y la esperanza. En Ecuador, esta dinámica ha sido explotada tanto por correístas como por noboístas, gobiernos locales como en el cantón Loja, hasta en sus opositores, así como por outsiders que se autoproclaman “la voz del pueblo contra el sistema”.  

El problema radica en su artificialidad. Al estereotipar a los adversarios como un bloque monolítico y malintencionado, se niega la pluralidad de ideas y se justifica la concentración de poder. Un ejemplo reciente: durante las protestas de 2022, algunos líderes describieron el conflicto como una batalla entre “patriotas” y “traidores”, ignorando demandas legítimas y profundizando la fractura social.  

Pero ¿Por qué funciona? La respuesta podría estar en la psicología de la división. Este relato triunfa porque ofrece certidumbre en tiempos de caos. Según estudios de psicología política, las crisis económicas o de seguridad, como las que vive Ecuador, incrementan la necesidad cognitiva de respuestas simples. El cerebro prefiere un chivo expiatorio claro antes que navegar en la ambigüedad de causas estructurales.  

Además, el maniqueísmo activa sesgos tribales: investigaciones de la Universidad de Oxford revelan que los votantes tienden a perdonar errores de “su líder” mientras amplifican los del rival, incluso ante evidencias contrarias. En Ecuador, esto explica por qué figuras cuestionadas por corrupción mantienen bases leales: sus seguidores ven las críticas como “ataques del establishment”.  

Sin embargo, los costos para la democracia y las consecuencias de este juego son devastadoras:  

1. Parálisis institucional: Cuando la Asamblea Nacional o los gobiernos locales se dividen en bandos irreconciliables, se bloquean reformas urgentes. Entre 2021 y 2025, Ecuador rompió récords en vetos presidenciales y mociones de censura, retrasando leyes clave contra el narcotráfico y la reactivación económica.

2. Radicalización ciudadana: Al deshumanizar al oponente, se normaliza la violencia. El asesinato de María Belén Bernal en 2022, por ejemplo, y su instrumentalización política, mostró cómo hasta las tragedias se convierten en munición retórica.  

3. Desprestigio de la política: Si todos son “ladrones” o “vendepatrias”, ¿para qué participar? El CEPAL reporta que el 62% de los ecuatorianos cree que “da igual quién gobierne”, alimentando la abstención y el ascenso de opciones autoritarias.  

En este sentido, el Ecuador es un laboratorio de polarización. El país ha vivido en carne propia los efectos de este juego. Rafael Correa (2007-2017) dominó el arte de dividir la sociedad entre “la larga noche neoliberal” y su “Revolución Ciudadana”. Sus sucesores, desde Lenín Moreno hasta Guillermo Lasso y Daniel Noboa, han replicado la fórmula invirtiendo los términos: se autoproclamaron víctimas de un “correísmo voraz” que buscaba sabotearlos.  

El resultado es un círculo vicioso: cada gobierno atribuye sus fracasos al “legado envenenado” del anterior, mientras evade su responsabilidad. La dolarización, por ejemplo, sigue siendo usada como arma arrojadiza: para algunos es un “logro histórico”; para otros, un “ataque a la soberanía”. Mientras debaten etiquetas, el 64% de la población económicamente activa subsiste en la informalidad, según el INEC.  

Para romper el hechizo, necesitamos caminar hacia una política de matices. Para desactivar este juego exige un electorado consciente de sus tácticas:  

1. Rechazar los absolutos: Ningún partido tiene el monopolio de la verdad. Cuestionar a quienes dicen “solo yo puedo salvar al país o a la ciudad”.  

2. Exigir autocrítica: Un líder que nunca reconoce errores es un líder peligroso. La honestidad debe pesar más que la lealtad tribal, a pesar que su lema sea la honestidad y nunca la practique.

3. Valorar las alianzas: La democracia es gestión de disensos. Desconfiar de quienes demonizan el diálogo con “el otro lado”.  

Por lo expuesto, es menester insistir que la política no es una guerra santa en donde se intente reducir la política a una lucha entre el bien y el mal, no es solo simplista: es un acto de cinismo. Los problemas de Ecuador, desde la deuda externa hasta la infiltración narcopolicial y hasta los incumplimientos de las autoridades locales, requieren soluciones complejas, consensos técnicos y voluntad de ceder.  

Al votar, los ecuatorianos enfrentan una elección: seguir aplaudiendo a quienes convierten la democracia en un reality show de buenos y malos, o premiar a quienes asumen la política como un servicio incómodo, lleno de grises y compromisos. El primer paso es dejar de creer en héroes.  

En un país herido por la desconfianza, el verdadero cambio e innovación social no es derrocar al “enemigo”, sino construir instituciones que trasciendan a sus líderes. El juego termina cuando nosotros dejamos de ser piezas.