Efraín Borrero Espinosa
El Consejo Universitario de la Universidad Nacional de Loja, cuyo rector era Juan Francisco Ontaneda Castillo, mediante resolución del 23 de febrero de 1960 creó la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación, “dirigida a la formación de profesores especializados para la enseñanza en los diferentes niveles y ramas de la educación”.
La noticia fue acogida con beneplácito por la ciudadanía de la región sur, que con optimismo atisbaba un proceso transformador y de mejoramiento de la calidad educativa por parte de decenas de hombres y mujeres que se habían dedicado a ese noble apostolado.
Para esos profesores la posibilidad de profesionalizarse era una oportunidad brillante, incluidos unos cuantos que se habían graduado en normales urbanos, como el Juan Montalvo y Manuela Cañizares en Quito; Rita Lecumberri en Guayaquil y Manuel J. Calle en Cuenca; así como en normales rurales como el Eloy Alfaro de Cariamanga, creado en 1939.
Pero también fue una motivación para que quienes tenían vocación por la docencia puedan cursar sus estudios superiores en esa flamante Facultad, más aún que en aquel tiempo el ejercicio de la profesión estaba respaldado por la Ley de Escalafón y Sueldos del Magisterio Nacional y tenían un poderoso gremio a nivel nacional: la Unión Nacional de Educadores, UNE, creada el 19 de abril de 1950. La acogida rebasó las expectativas a tal punto que en corto tiempo la mayor población estudiantil de la Universidad estaba concentrada en esa Facultad.
En la planificación se tomó como modelo a la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación de la Universidad Central del Ecuador, que igualmente había servido a las universidades de Guayaquil y Cuenca, tomando en cuenta su larga trayectoria desde que fue fundada en 1928. Yovany Salazar Estrada precisa que tanto la denominación de las cuatro carreras de formación docente que se ofertaron, así como los planes de estudio y programación de asignaturas con los que se trabajó, tuvieron como base los que regían en esa Facultad.
La coordinación de tareas para poner en marcha tan anhelado proyecto se encomendó al prestigioso maestro Manuel Agustín Zárate Valarezo, que fungió como primer Decano. El trabajo fue arduo y nada fácil, sobre todo porque hubo necesidad de “importar” profesores especializados, como fue el caso de Nelson Yépez Montenegro, Carlos Franco Pérez, Mario Salas Sandoval, Gustavo Ortiz Arellano, Vladimir Bastante Castro, Homero Pozo Vélez, Alfonso Romo Bustos y Rafael García Arízaga, que vinieron desde diversas ciudades del país. Muchos de ellos abrazaron nuestra tierra cosmopolita y se quedaron para siempre formando familias respetables.
A ellos se sumó el contingente de lojanos integrado por distinguidos profesores, como Manuel Agustín Cabrera Lozano, Juan Iván Cueva Ontaneda, Pio Oswaldo Cueva Puertas, Clodoveo Castillo Astudillo, Luciano Lasso Ortega y el propio Manuel Agustín Zárate Valarezo, entre otros.
El local para su funcionamiento fue otra preocupación, pero afortunadamente lograron arrendar una amplia casa situada en la calle Sucre, entre Rocafuerte y Miguel Riofrío, en donde desarrolló sus actividades durante algunos años.
Cuando todo estuvo a punto, luego de algunos meses de preparativos, se abrió el proceso de matriculación estudiantil. Uno de los primeros fue Eduardo Castillo Ludeña quien cursó la especialidad de físico matemático. Inmediatamente de haber culminado la carrera universitaria ingresó como docente en el Colegio Bernardo Valdivieso. También laboró en los colegios La Dolorosa, La Salle, Santa Mariana de Jesús; en el seminario San José y en la Universidad Nacional de Loja. Dedicó su vida a la docencia por el lapso de cincuenta años. Hasta hoy perdura el afecto que le guardan sus alumnos quienes lo reconocen como uno de los más destacados profesores de matemáticas que ha tenido Loja.
Eduardo Castillo, mi cordial amigo, recuerda con añoranza a sus compañeros de promoción: Miguel Valarezo, Miguel Castillo, Víctor Bastidas, Juan Salvador Vivanco, Gonzalo Bayancela, Mercedes y Teresa Ortega, Efrén Rodríguez, Hugo Alvarado, Carlos Sánchez, y otros más.
Bien puedo asegurar que esa Facultad, a la que se conocía simplemente como de Ciencias de la Educación, se constituyó en la niña de los ojos de la Universidad Nacional de Loja, proveyéndola de prestigiosos profesores y dotándola de las herramientas necesarias para procurar una educación de calidad. Con ese propósito se creó el Colegio Anexo Experimental “Adolfo Valarezo”, en 1964, a fin de que los estudiantes realicen prácticas pre profesionales, siendo su primer rector el ilustre abogado y escritor Gustavo Serrano Masache, quien dictaba la cátedra de Literatura en la Facultad y también fue su Decano.
Pero todo ese esfuerzo y optimismo se convirtió en tristeza sumida en lágrimas, cuando en un terrible accidente de tránsito ocurrido el día domingo diecisiete de julio de 1966, a pocos kilómetros saliendo de La Toma, que así se llamaba Catamayo, la muerte asestó un golpe letal a la joven Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación.
En ese fatídico día un grupo de profesores, estudiantes y servidores, a la cabeza su Decano Manuel Agustín Cabrera Lozano, se trasladó en un bus de la Universidad al parador turístico “Los Mangos”, cerca del río Guayabal en La Toma; un proyecto impulsado por Benjamín Hidalgo Gutiérrez con su concuñado Fausto Córdova, cuya iniciativa exitosa atrajo a las familias de la ciudad de Loja. Como invitados especiales estuvieron funcionarios de la Alianza Francesa, Capítulo Loja, y el Secretario General de la Universidad.
Patricio Cueva Casanova recuerda que su madre conversó en el seno familiar que esa reunión de fraternidad fue organizada por varios motivos: dar la bienvenida a Manuel Cruz Muñoz que retornaba de Europa; festejar la beca a Francia lograda por Gonzalo Bayancela González; y, despedir a su padre, Juan Iván Cueva Ontaneda, quien regresaba a París como becario profesor de la Sorbona, en donde había estudiado varios años. Dice que sabía algunos idiomas, siendo profesor de inglés y francés en Colegios de Loja, en la Universidad y en la Alianza Francesa.
Tiene presente que en ese aciago día viajó a La Toma en horas de la tarde junto con su madre, Julia María Casanova Acosta, y sus hermanos, para traer a su padre, pero él quiso quedarse un tiempo más con sus amigos y compañeros. Pío Oswaldo Cueva Puertas también intentó traerlo.
Lo añora con suma tristeza y evidente orgullo, porque, además, fue notable su presencia literaria desde los años de estudiante. En la revista “Hontanar”, dirigida por Carlos Manuel Espinosa, expuso sus primeras letras como narrador. Formó parte de la generación de Alejandro Carrión, Gustavo Serrano, Jorge Suárez Burneo, Jorge Mora Ortega y Eduardo Ledesma. Entre sus cuentos figura “El Chiro” que fue premiado en el concurso latinoamericano de relato, que fuera publicado en la revista “Bohemia” de Cuba y traducido a varios idiomas.
En horas de la noche, el Decano Cabrera Lozano dispuso el retorno a la ciudad de Loja luego de haber disfrutado una jornada de amistad, compañerismo y fraternidad. A las 23h30, aproximadamente, en una curva cerrada a pocos kilómetros de La Toma, el bus se despeñó rodando trescientos cincuenta metros de profundidad, causando la muerte de algunos ocupantes, que según el parte policial, fueron: Manuel Cabrera Lozano, Juan Iván Cueva Ontaneda, Gustavo Ortíz Arellano, Carlos Franco Pérez, Manuel Cruz Muñoz, Gonzalo Bayancela González, Herminia Masache Jaramillo, Rosa Grimanesa Ortega, Ángel Erazo Cepeda, Augusto Izquierdo, Carlos Sánchez, Augurio Muñoz, Augusto Gutiérrez, Ángel Rafael Morales y la niña Ortiz con tan solo tres años de edad.
Mientras tanto, las trece personas que sobrevivieron milagrosamente: Homero Pozo Vélez, Dagoberto Vilela, Carlos Valarezo, Olga Almeida, Piedad Erazo, Germán Calvache, Amada Riofrío, Lucila Cano, Germán Ortega, Gonzalo Salinas, Abraham Rodríguez, Rosenda Hidalgo de Ortiz y el chofer del vehículo, Rogelio Cabrera, fueron trasladas a casas de salud en la ciudad de Loja, como reza el mismo parte.
Diario El Tiempo del diecinueve de julio de 1966 menciona que el estudiante Germán Calvache logró llegar hasta La Toma con el rostro ensangrentado en busca de auxilio, consiguiendo que por radiotelegrafía se hiciera conocer en Loja el trágico accidente que enlutó a apreciadas familias, a la universidad y a la colectividad lojana en general.
La noticia se expandió rápidamente en la urbe lojana causando un impacto que llenó de dolor y lágrimas a muchos lojanos. Inmediatamente se formaron patrullas de rescate entre el ejército, la policía, trabajadores municipales y ciudadanía en general. La Cruz Roja convocó a su gente con la urgencia que la situación ameritaba.
Como las paredes del abismo en el sitio estaban cortadas, miembros del ejército utilizaron cabos para llegar hasta donde se encontraba el vehículo destrozado. Otros caminaron por diferentes atajos venciendo una serie de dificultades para cumplir la penosa tarea de rescatar a las víctimas entre fierros retorcidos y maderos ensangrentados, así como prestar auxilio a los heridos.
La Universidad tomó a su cargo todo el sepelio con el rigor de un protocolo en el que los homenajes abundaron para despedir con honores a ilustres educadores, destacados estudiantes, distinguidos servidores universitarios y a un prestigioso personero de la Alianza Francesa de Loja. Desde entonces ese trágico suceso está impregnado en la mente y en el corazón de los lojanos.
Sobre Manuel Agustín Cabrera Lozano, nacido en Loja el dieciséis de abril de 1917, la Revista Universitaria, editada en marzo del 2010, publicó su vasta y brillante trayectoria profesional, resaltando que fue el primer doctor del Ecuador en Pedagogía, en la Universidad Central del Ecuador.
La larga lista de cargos ejercidos como docente y administrador educativo dan razón de haber sido un educador por antonomasia. Lo distingue como poeta haciendo notorio que su poesía tiene una verdadera inspiración y sentido filosófico; y, de manera especial, lo exalta como el humanista que junto al infatigable investigador se encontraba también el hombre comprensible que con su don de gentes llegaba a todas las personas que trataban con él. Citando las palabras de Graciela Rodríguez Bustamante remarca que era “el caballero sincero y digno que con la sencillez de su sabiduría comprendía al hombre del pueblo y se dolía de su suerte y luchaba junto a él”.
