Loja. De juguetones riachuelos a aquelarre hídrico

Jeamil Burneo

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La ciudad de Loja, como todo organismo vivo, respira, palpita y se adapta. Su dinámica urbana, enraizada en la geografía andina, nos recuerda que el urbanismo contemporáneo debe ser mucho más que una simple intervención técnica; debe ser una lectura profunda y sensible del territorio, una simbiosis entre la infraestructura y la naturaleza. En este contexto, el agua, ese elemento vital que moldea valles y colinas, es mucho más que un recurso: es el alma que da vida y continuidad al territorio.

Nuestros ríos Malacatos y Zamora, otrora juguetones y apacibles, han dejado de ser un referente poético y se han convertido en una amenaza tangible. Lo que en otro tiempo fue símbolo de abundancia y fertilidad, hoy representa un riesgo latente que desafía nuestra capacidad de ordenamiento territorial. Para entender esta metamorfosis, debemos remontarnos a décadas atrás, cuando el encauzamiento del río Malacatos, desde el sur de Loja hasta su ingreso a la ciudad, fue concebido como una solución de contención, bastante antiestética además, pero se ha transformado en un factor de vulnerabilidad ante los eventos climáticos extremos.

El encauzamiento rígido y lineal, basado en muros de hormigón, contradice la naturaleza misma del agua, que busca fluir, serpentear y dispersarse. En palabras de Patrick Geddes, pionero del urbanismo, “la ciudad es más que un lugar en el mapa; es un proceso vivo” (Geddes, 1915). Pretender domesticar el agua con rígidas estructuras de concreto ha resultado contraproducente, ya que las velocidades que adquiere el caudal en épocas de lluvia han convertido el cauce en una arteria peligrosa, incapaz de amortiguar la energía que porta el flujo hídrico. Al llegar a picos de precipitaciones como el día 10 de marzo efectivamente estos factores provocan graves problemas puntuales y desencadenan un árbol de causas-efectos posteriores, como la afectación al sistema de colectores marginales y además el colapso de estructuras e infraestructuras a su paso, como el caso del puente vehicular de la calle Imbabura sobre el río Malacatos, pero además de generar una  peligrosa y silenciosa contaminación de deshechos biopeligrosos originados en el hospital Isidro Ayora y el edificio de la Cruz Roja, en sus cercanías.

Para enfrentar esta problemática, es esencial replantear el manejo integral de la cuenca, comenzando por la protección de las partes altas. Esto implica evitar subdivisiones que promuevan usos incompatibles con la conservación hídrica y desarrollar estrategias de restauración ecológica que fortalezcan la cobertura vegetal nativa. Solo así podemos reducir la escorrentía superficial y promover la infiltración natural, minimizando la violencia con la que el agua desciende hacia la ciudad.

En lugar de persistir en la lógica de la canalización rígida, urge retomar el concepto de corredores verdes, restaurando los márgenes naturales de los ríos y posibilitando la creación de humedales urbanos que desaceleren el caudal. Esto requiere un cambio de paradigma en el diseño urbano, donde las arterias viales longitudinales —como la avenida Universitaria y la avenida Manuel Agustín Aguirre— puedan ser transformadas en ejes de movilidad sostenible, incorporando incluso vías elevadas que permitan la convivencia entre el río y el tránsito vehicular, sin que uno obstruya al otro.

Es fundamental descentralizar las actividades administrativas, educativas y financieras, redistribuyendo los flujos humanos hacia nuevos núcleos urbanos. De esta manera, no solo aliviamos la presión sobre el centro de la ciudad, sino que también permitimos que el río recupere su rol natural en el ecosistema urbano. La integración de transporte público eficiente y la incorporación de ciclovías, de manera adecuada, además podrían contribuir significativamente a la movilidad transversal, fomentando al mismo tiempo una visión policéntrica que diversifique los usos del suelo.

Como lo advierte Jane Jacobs en su clásico “Muerte y vida de las grandes ciudades” (1961), el verdadero dinamismo urbano se logra reconociendo las complejidades naturales y sociales de cada espacio. No basta con imponer soluciones técnicas, sino que es preciso escuchar al territorio, reconociendo sus ritmos, sus memorias y su capacidad de adaptación. Loja necesita reencontrarse con sus ríos, no como una amenaza, sino como una oportunidad para regenerar espacios vitales que nutran la convivencia y la resiliencia urbana.

En última instancia, nuestra responsabilidad radica en trascender la visión instrumental del agua y asumir un enfoque ecosistémico que devuelva al río su dignidad paisajística y ambiental. La ciudad debe entender que los procesos naturales son aliados, no adversarios, y que el equilibrio entre el desarrollo urbano y la gestión hídrica solo se logrará integrando soluciones basadas en la naturaleza, en lugar de persistir en la rígida separación de lo urbano y lo natural.

Loja debe transformarse en un referente de coexistencia armónica con sus recursos naturales, tomando decisiones que reflejen un profundo respeto por los saberes ancestrales y el conocimiento científico. Solo así podremos ver nuevamente a nuestros ríos no como amenazas, sino como arterias vitales que devuelvan al valle su esencia originaria.