Fernando Cortés Vivanco
El reciente debate presidencial fue más un show, que una confrontación de dos proyectos políticos. Los candidatos, en lugar de mostrar cómo harían del país un lugar más justo, libre, ecológico y democrático, prefirieron tirar golpes bajos y promesas que suenan bonito, pero no dicen nada. Este espectáculo dejó a la gente con un mal sabor de boca y puso en evidencia algo que lleva años carcomiendo la política ecuatoriana: la falta de profesionalismo.
Para entender por qué esto es un problema tan grave, vale la pena mirar una idea de O’Donnell sobre la “democracia delegativa”. Piénsalo así: en una democracia delegativa, los líderes llegan al poder y actúan como si les hubieran dado un pase libre para hacer lo que quieran, sin preocuparse por las instituciones, la rendición de cuentas o los contrapesos democráticos. Aquí no importa si sabes jugar el partido, sino si gritas más fuerte o tienes más hinchada. En el debate, esto quedó clarísimo. Los candidatos se enfocaron en contar cuento, en ganar aplausos con frases para el tik tok, en lugar de explicar cómo van a resolver los problemas reales. Es como si el entrenador de un equipo prefiriera pelear con el árbitro en vez de armar una estrategia para ganar.
Y esto no es solo un mal rato frente al televisor. Que la política funcione así tiene un costo altísimo. Cuando los líderes no están preparados, cuando improvisan en lugar de planificar, los problemas de fondo —como la falta de empleo o la inseguridad— se quedan sin solución. El resultado es un país atrapado en un círculo vicioso: gobernantes que no rinden, ciudadanos que pierden la fe y un sistema que se tambalea. Es como un equipo de fútbol que nunca entrena y espera ganar el campeonato solo con entusiasmo. Spoiler: eso no pasa.
Pero no todo está perdido. Si queremos salir de este enredo, todos tenemos que poner de nuestra parte. La gente debe dejar de aplaudir ataques sin sentido y empezar a exigir líderes que sepan lo que hacen, que traigan propuestas serias y no solo discursos vacíos. Los partidos políticos, por su parte, tienen la responsabilidad de formar cuadros capacitados, líderes que combinen carisma con competencia y que prioricen el interés público sobre el personal, gobernar no es un reality show. Solo así vamos a construir una política que de verdad mire por el país y no se quede en promesas de papel.
El debate fue un reflejo de la falta de profesionalización en la política. Pero más que quejarnos de los candidatos, hay que verlo como una señal de alerta, un empujón para dejar atrás esa democracia vacía que nos tiene estancados. Ecuador necesita líderes de verdad: profesionales, éticos y comprometidos. Porque si seguimos jugando este partido sin reglas, el único que pierde es el país.
