P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
La misión de los profetas, llamados y enviados a anunciar el mensaje de Dios, abre el horizonte en el que brilla la palabra que transforma la vida del hombre. Utilizan los recursos literarios que impregnan en el lector la marca de la esperanza. Isaías recuerda la huella que deja Dios en la historia del pueblo de Israel: “No recuerden lo pasado, ni piensen en lo antiguo; yo voy a realizar algo nuevo”.
El compromiso, fruto de una alianza histórica, refuerza una realidad actuante. El pueblo debe cimentar su fe en la gracia de vivir como un pueblo escogido para disfrutar gestas victoriosas y asimilar el dolor de sus caídas. Grandes cosas ha hecho el Señor en las personas pobres y sencillas. Reciben el premio de morir y vivir en la presencia de lo Alto: “No cesaba de reír nuestra boca, ni se cansaba la lengua de cantar”. La vida del ser humano, reflejo del amor divino, recibe el efecto del milagro de existir. Aquello que consideramos valioso para nuestras realidades cotidianas, a veces egocéntricas, pierde su grandeza ante el hecho de conocer y vivir en Cristo.
El testimonio de tantos hombres que pasaron de un estado de miseria, como en el caso del hijo pródigo, a reconocer el esplendor de una vida renovada, impregna huellas imborrables en la conciencia y en la mente. Hablamos, de modo recurrente, de san Pablo. Escribe: “Pienso que nada vale la pena en comparación con el bien supremo, que consiste en conocer a Cristo Jesús…”. Su auto confesión nos estremece por la crudeza de cada palabra que leemos en sus cartas: “Por cuyo amor he renunciado a todo, y todo lo considero como basura, con tal de ganar a Cristo y estar unido a Él…”. Sin embargo, añade, que la meta a alcanzar todavía presenta luchas y retos que debe superar. Nuestra vida espiritual tiene que llenarse de estos ejemplos que siempre están a nuestro alcance. San Juan, discípulo predilecto de Jesús, desarrolla la tesis del eterno retorno. La oración, que fortalece cada paso de amor que da en el desierto del dolor de las personas, lo lleva a enfrentarse con realidades duras. Una mujer, sorprendida en adulterio, va a morir apedreada porque la ley de Moisés lo pide. El dilema habitual para el que acusa encuentra en Jesús la respuesta justa. Las preguntas perniciosas, como lanzas con venero en la punta asesina, quieren comprometerlo.
El silencio meditativo de Jesús responde, con la fuerza de un látigo, al deseo perverso de los acusadores. Escribe en el suelo, en el polvo de la indignidad, el testamento merecido a la falsedad de los escribas y fariseos: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que lance la primera piedra”. El dedo de Jesús, dice san Juan, volvió a escribir en el mismo suelo. La mujer mordía el polvo del camino que sus detractores le ofrecieron, como un manjar tentador que la hundió en el pantano del escarnio. La conclusión del drama, impactante y solidario, tiene preguntas que sanan y liberan. Los acusadores huyeron como sabandijas entre sus miserias: “Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar”. Una lección de justicia y perdón.
