P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
El domingo, día del Señor, los cristianos católicos en todo el mundo, abrimos las puertas de nuestro corazón para recibir a Aquel que viene en nombre del Señor para introducirnos en el misterio supremo de la fe y la plenitud. La hora de Jesús, de acuerdo al mensaje de san Juan, el Discípulo Amado, alcanza su cumplimiento en la cruz. Allí, en el Gólgota, la gloria de Jesús trae a la humanidad paz y salvación.
Los profetas, desde el Antiguo Testamento, han prefigurado un plan de liberación para que el hombre tenga una vida nueva, la disfrute y la proclame en cada momento y en cada tiempo. Isaías, algunos siglos antes del nacimiento de Jesucristo, nos invita a asimilar sus palabras: “El Señor despierta mi oído para que escuche yo, como discípulo”. La misión, cargada de dolor y de esperanza, tiene una ruta que recorrer. Exige entrega y voluntad para culminar, en la cúspide de la cruz, un proyecto de amor universal: “El Señor me ayuda. Por eso, no quedaré confundido. Por eso, endureció mi rostro como roca y sé que no quedaré avergonzado”.
El Hijo de Dios, escribe con angustia, dolor y obediencia, la página de la historia de una pasión que sobrepasa cualquier nivel de entendimiento humano. Jesús, humillado y maltratado, entrega su espíritu al Padre: “Todos los que me ven, de mí se burlan…mis manos y mis pies han taladrado y se pueden contar todos mis huesos”. En medio de la afrenta más triste “contaré tu fama a mis hermanos. En medio de la asamblea te alabaré…”. Quien ama, más allá de sus fuerzas, deja la herencia valiosa, la que cimenta cualquier presente y fortalece un futuro promisorio.
San Pablo, en su carta a los Filipenses, describe la profundidad de una ofrenda de un amor incondicional. Cristo, siendo Dios, se anonadó a sí mismo. Tomó la condición de siervo y se hizo semejante a los hombres. Se humilló por obediencia. Aceptó una muerte de cruz. Por esta causa, Dios lo exaltó sobre todas las cosas. Ante su nombre, toda rodilla se doblará en el cielo y en la tierra. El testamento espiritual de Pablo, íntimo y testimonial, llega a los creyentes con la palabra que enriquece nuestra fe piadosa y sencilla. Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.
En un domingo, cotidiano como el de nuestro tiempo, la ciudad de Jerusalén recibe a Jesús con algarabía, con aleluyas y con palmas. Nosotros, en medio de un mundo que vive una singular conmoción a todo nivel, llegamos a su encuentro. Nuestra respuesta tiene que marcar muchos cambios. Hemos de dar el paso de una vida cargada de adrenalina a una vida necesitada de purificación interior. Hoy es un tiempo especial para discernir nuestras opciones de vida. ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a elegir? ¿Qué decisión voy a tomar? Las preguntas, como las estrellas en el cielo, son muchas. Entre la cantidad de disyuntivas tienen que prevalecer las más relevantes. Nuestra condición de hijos de Dios percibe las señales necesarias para ponernos en sus manos. En el domingo de la pasión del Señor comienza un tiempo nuevo para vivirlo en paz.
