Galo Guerrero-Jiménez
Hoy que el mundo vive acelerado, lejano de la realidad de la vida, pero hiperconectado para desde las pantallas acercarse a una realidad que solo es virtual, es decir, no presencial, está alterando la visión con la que sí podría compartir sus experiencias de vida, si aún es capaz de relajarse desde otras modalidades de trabajo que le permitan buscar un cierto reposo, un descanso para ese cerebro que ya no sabe cómo actuar frente a tanta información que, con la arremetida de la inteligencia artificial, está acabando con la inteligencia natural de cada ser humano, porque cree que Internet, a través de la diversidad de tecnologías y de la más exquisita virtualidad, es la solución a toda actividad humana.
Es necesario fortalecer nuestra inteligencia natural en todas sus variantes: intelectual, emocional, ecológica, espiritual, espacial, lingüística, matemático-física, musical…, ante todo desde la niñez, con el cuidado de la familia y, luego, como complemento esencial, con el cuidado de la educación escolarizada, pero si, en efecto, desde una genuina presencialidad, es decir, desde ese calor humano, no de las máquinas, sino desde estas dos grandes prendas que contienen la más humano de lo humano: la familia y la educación que son las que, de forma presencial, pueden aún salvar a la humanidad del genocidio intelectual y emocional al que nos estamos acercando con la venida de una nueva generación, la de los poshumanos.
Pues, como señala el investigador francés Michel Desmurget: “Si no se han activado lo suficiente las aptitudes básicas de la infancia y la adolescencia, después será, por lo general, demasiado tarde para aprender a pensar, reflexionar, mantener la concentración, esforzarse, dominar la lengua más allá de las nociones elementales, jerarquizar los vastos flujos de información que produce el mundo digital o interactuar con los demás. (…) [Pues,] una inmersión prematura nos apartará fatalmente de ciertos aprendizajes esenciales que, debido a que con el paso del tiempo las ‘ventanas’ del desarrollo cerebral se van cerrando poco a poco, serán cada vez más difíciles de adquirir” (2024); con lo cual, de lo humano solo quedará un proceder mecánico, desubicado y, sin voz propia porque no será capaz de pensar para sostener su propia humanidad.
De ahí que, es necesario, a como dé lugar, buscar espacios de contemplación, de silencio, de inactividad y de sueño reparador, adecuado, porque solo “el dormir revela un verdadero mundo interior detrás de las cosas del mundo exterior, que serían solo una apariencia. La persona que está soñando se sumerge en los estratos más profundos del ser. (…) El ceremonial de la inactividad es: hacemos, pero para nada. Este para-nada, esta libertad con respecto a la finalidad y la utilidad, es la esencia de la inactividad. Y es la fórmula de la felicidad” (Han, 2024) que, llevada a estados de reflexión filosófica, de lo que se trata es que, desde esta aparente inactividad nos acerquemos, en el más completo silencio y sin la intervención de ninguna pantalla, para tomar un libro, el que mejor creamos que es pertinente para leerlo desde estos espacios de contemplación, de silencio y de inactividad aparente, para encontrarnos con lo más profundo del ser: de nuestro yo y el de la vida exterior a través de la actividad cerebro-pensante.
Así, si nos topamos con un libro de divulgación científica o de ficción, como en el caso de la literatura, apreciaremos que, en esta aparente inactividad, en este para-nada, nos daremos cuenta que “necesitamos de la literatura como mediadora entre la realidad y la ficción porque cada ser humano percibe el mundo de una manera diferente. La literatura nos proporciona una forma de organizar las ideas, los acontecimientos, las pasiones y los sentimientos, pero, sobre todo, es la dadora por excelencia de la libertad” (Acebedo, 2025); pues, así, las envestidas digitales no nos matarán la idea libertaria y de felicidad para encontrar nuestra voz en la vida.
