Inteligencia artificial y salud: cuando confiar puede ser un riesgo

Hernán Yaguana Romero

hayaguana@utpl.edu.ec

Veo y escucho en entornos cercanos  como cada vez aumentan los casos de personas que se están dirigiendo a la Inteligencia Artificial para resolver dudas médicas. Dolencias, síntomas, tratamientos, diagnósticos preliminares: la IA responde con rapidez, seguridad aparente y lenguaje amigable. Pero en esta relación incipiente entre tecnología y salud, es urgente plantear una advertencia clara: confiar ciegamente en la inteligencia artificial puede poner en riesgo nuestra vida. En el contexto actual, los modelos de lenguaje como ChatGPT, Gemini o Claude son utilizados por millones de personas para consultar sobre malestares físicos o emocionales. Sin embargo, es fundamental recordar que estos sistemas no sustituyen la opinión profesional. Son herramientas entrenadas con datos masivos que, aunque impresionantes, no están exentas de errores, sesgos ni alucinaciones.

Los sistemas de IA no tienen conciencia, ni cuerpo, ni historia clínica del usuario. Operan bajo lógicas probabilísticas y patrones estadísticos. Esto significa que pueden ofrecer respuestas plausibles, pero no necesariamente precisas o adecuadas para cada caso. Más aún, al tratarse de «cajas negras», muchas veces no es posible rastrear con claridad cómo llegaron a determinada recomendación. Un estudio reciente publicado en The Lancet Digital Health demostró que, ante consultas médicas complejas, los modelos de IA generaban respuestas erróneas en al menos un 30% de los casos. Y lo más preocupante: estas respuestas solían expresarse con tal convicción que inducían al usuario a tomarlas como ciertas.

La desinformación médica, amplificada por sistemas automáticos, puede generar desde la automedicación inadecuada hasta la postergación de una consulta urgente. La IA puede ser una aliada en la divulgación de contenidos generales de salud o en el acompañamiento emocional, pero nunca debe reemplazar la experiencia de un profesional calificado.

Por eso, es necesario promover una alfabetización digital crítica. La sociedad debe aprender a dialogar con estas herramientas sin entregarles el poder absoluto. La tecnología puede ampliar nuestras capacidades, pero también necesita ser cuestionada, comprendida y regulada. En temas de salud, el escepticismo informado no es un obstáculo: es una forma de cuidado.

Confiar en la IA sin validar sus respuestas es como automedicarse con una receta genérica. La inteligencia puede ser artificial, pero la salud y la vida siguen siendo profundamente humanas.