Galo Guerrero-Jiménez
La misión de un texto escrito, sea de la índole temática que sea, pero en especial, la de los libros o artículos de carácter humanístico y estético-cultural-literario-psico-sociológicos, está en el deber ineludible de desplegar toda su belleza con la frescura y novedad que el lenguaje en su amplio tratamiento lingüístico le es capaz de crear, procrear, recrear, ficcionar y acercarse a la realidad antropológico-cultural-mundana que, el escritor en calidad de investigador, analiza desde una hermenéutica que le sea la más pertinente, de manera que el lector esté en capacidad de sentir esa belleza suprema del lenguaje que, en calidad de discurso se compenetra en la psiquis y en su condición mental para fortalecerse emotiva e intelectualmente con una visión humanística en la que, como señala el papa Francisco, al recordar al escritor Jorge Luis Borges, en su misión de empoderamiento estético-espiritual sobre el tema de la literatura:
“Cuando pienso en la literatura, me viene a la mente lo que el gran escritor argentino Jorge Luis Borges decía a sus estudiantes: lo más importante es leer, entrar en contacto directo con la literatura, sumergirse en el texto vivo que tenemos delante, más que fijarse en las ideas y en los comentarios críticos. Y Borges explicaba esta idea a sus estudiantes diciéndoles que quizás al comienzo iban a entender poco de lo que estaban leyendo, pero que en todo caso habrían escuchado ‘la voz de alguien’. Esta es una definición de literatura que me gusta mucho: escuchar la voz de alguien” (Papa Francisco, 2024).
En efecto, compenetrarse de la voz de alguien que, al escribir, es capaz de llegar al otro, a ese lector que se inmiscuye en ese conjunto de lenguaje bien escrito, que nos interpela, que nos llama, que nos vuelve sensibles, atentos, a la escucha más genuinamente perceptible que se ejecuta en el cerebro, es decir, en “la capacidad mental de contener y gestionar informaciones complejas, se despliega cada vez más, marcando la ruta de lo que se denomina desarrollo cognoscitivo. La representación mental de propiedades de los objetos origina consecuencias considerables: enriquece el espacio psíquico creado por la representación simbólica del otro, [del texto] haciendo posible a este nivel la diferenciación entre el sujeto [el lector] y los objetos del mundo exterior” (Cabrejo Parra, 2020) que, a través de la voz del texto, son valorados por la voz interior del lector que, con la más plena voluntad de su psique, adquiere habilidades personales para saborear la riqueza de lenguaje que un texto contiene, no sin el marcado esfuerzo intelectual que al escritor le caracteriza para dejar todo de sí en ese alumbramiento textual, en cuyas perspectivas, la axiología y la fenomenología del lector son inminentes.
Prepararnos para seguir escuchando la voz del otro desde esta óptica cognoscitiva y estético-lingüístico-ética es, en la actualidad, el reto más significativo en nuestra misión y visión de lectoescritores, puesto que la infinidad de textos creados con el invento de la inteligencia artificial (IA), ya no será creada por el ser humano, sino por la tecnología en su más alto nivel de expresión electronal. De ser así, como ya está sucediendo: “¿Qué será del curso de la historia cuando los ordenadores desempeñen un papel cada vez mayor en la cultura y empiecen a crear relatos, leyes y religiones? En cuestión de unos años, la IA podría devorar la cultura humana -todo lo que hemos creado a lo largo de miles de años- digerirlo y desencadenar una tormenta de nuevos artefactos culturales” (Harari, 2024), dada la expansión de su electronalidad.
Pues, las implicaciones que le espera a la humanidad son inimaginables, si perdemos nuestro empoderamiento mental para analizar el mundo, puesto que ya, ahora mismo, las pantallas digitalizadas “han demostrado una capacidad extraordinaria para analizar, manipular y generar lenguaje, ya sea a través de palabras, sonidos, imágenes o símbolos codificados” (Harari,2024).
