Loja es un jaguar dormido

Jeamil Burneo

Haciendo alusión a algunas teorías propias y conjuntas sobre la morfología ancestral asignada al valle de Loja, antiguo Chunwakaru, no podemos dejar de percibir que en toda sociedad, los eventos extraordinarios tienen la virtud de sacudir nuestras certezas, de obligarnos a repensar lo que dábamos por sentado. En el caso de Loja, cada fenómeno inusual —ya sea natural o social— nos recuerda cuán vulnerable es el cuerpo urbano que habitamos. La ciudad, a pesar de su historia y sus valores culturales, avanza en un crecimiento espontáneo y desordenado, sin una dirección clara. Su morfología se ha transformado con notable velocidad en los últimos años, pero no siempre con la coherencia que exige una visión integral de territorio. Esta transformación desarticulada me interpela profundamente, no solo desde la técnica, sino desde la ética que debe sostener toda intervención en el espacio colectivo.

Loja crece, pero ¿hacia dónde?, ¿con qué propósito?, ¿con quiénes? El crecimiento urbano actual parece más el reflejo de fuerzas inerciales que de una voluntad colectiva y estratégica. Ya hace algunos años se hablaba con insistencia sobre la necesidad de descentralizar la ciudad, de crear nuevas centralidades físicas hacia el norte y el sur, para descongestionar el centro histórico y corregir la forma longitudinal impuesta por la trayectoria de sus ríos y su propio desarrollo histórico. Sin embargo, esta visión, que pudo haber sido una hoja de ruta, se ha diluido ante la fragmentación institucional, la falta de continuidad y el divorcio persistente entre lo técnico y lo comunitario.

Los planes de desarrollo y ordenamiento territorial (PDOT) y los planes de uso y gestión de suelo (PUGS) se han convertido en lenguajes codificados, más próximos al laboratorio que a la calle. La tecnocracia ha colonizado el discurso de la planificación. Los términos, los mapas, las metodologías se han distanciado tanto del ciudadano común que, en lugar de empoderar, confunden. Así se genera un círculo vicioso de exclusión: las decisiones se toman desde arriba, sin diálogo ni consenso, y las comunidades, sintiéndose ajenas, se repliegan en la apatía o en la desconfianza. La planificación pierde entonces su sentido original: ser una herramienta democrática para construir el futuro común.

Esta desconexión se agrava cuando se recurre a soluciones estéticas, superficiales, como si se tratara de una cirugía plástica sobre un cuerpo enfermo. Se priorizan intervenciones parches, pero se soslayan las verdaderas patologías: una movilidad fragmentada, la ausencia de un sistema de abastos eficiente, la precariedad en el acceso a vivienda digna, o la falta de políticas claras para ordenar el comercio informal. El urbanismo, entendido como ciencia social y humana, debe ir más allá del ornamento: debe curar las heridas del territorio, conectar voluntades, y sembrar visión de futuro.

La reciente iniciativa de las tres universidades asentadas en Loja para construir una visión común en torno al concepto de Ciudad Universitaria es una muestra clara de cómo la academia puede convertirse en catalizadora de un nuevo paradigma urbano. No se trata solo de un eslogan. Hablar de una ciudad universitaria implica resignificar el rol del conocimiento, de la investigación, de la innovación y la juventud en la planificación. Implica reconocer que el desarrollo no solo es infraestructura, sino también identidad, creatividad y pertenencia.

Esta visión puede y debe materializarse en proyectos concretos: centros de innovación, espacios de transferencia tecnológica, clústeres de investigación aplicada que respondan primero a los desafíos de Loja. ¿Por qué no pensar en un gran parque científico-tecnológico anclado a las universidades, capaz de generar empleo, innovación y sentido de pertenencia? ¿Por qué no conectar este polo con una red de anillos viales que integren barrios hoy marginados, como El Carmen al sur o Chinguilanchi al norte?

La geografía de Loja, con sus cuencas, pendientes y riesgos hidrogeológicos, no puede seguir siendo una excusa para el aislamiento y la desidia. La tecnología, los estudios geotécnicos, las nuevas formas de movilidad permiten hoy sobreponerse a esas barreras. El futuro de Loja no está solo en su centro histórico —que debe preservarse con esmero— sino en su capacidad de expandirse con equilibrio, con nuevas centralidades que equilibren la carga urbana y desconcentren servicios, trabajo y vivienda.

El sector de Consacola se presenta como una oportunidad, en este sentido, por ejemplo. Sus condiciones permiten alojar a miles de lojanos en nuevas urbanizaciones que, si se planifican desde ahora con criterios de sostenibilidad, inclusión y justicia espacial, podrían convertirse en referentes de desarrollo ordenado y digno. Pero esto exige decisiones valientes: incorporar enfoques de interés social, mapear riesgos, asegurar servicios básicos y, sobre todo, pensar a largo plazo.

Loja necesita una gran minga, no solo en el sentido físico, sino espiritual y ciudadano. Una minga en la que confluyan técnicos, autoridades, líderes barriales, jóvenes, empresarios, académicos. Una minga que reemplace el lenguaje tecnocrático por un relato común, por una narrativa ciudadana que emocione, que convoque. El índice verde que posee Loja —uno de los más altos del país— debe contagiarse como un virus positivo: necesitamos una ciudad donde el aire, el árbol y la caminata sigan siendo parte del alma colectiva.

La planificación debe volver a tener rostro humano. Debe hablar con la voz de la gente, con el ritmo de sus barrios, con la memoria de sus espacios y la esperanza de sus niños. Planificar no es imponer mapas: es leer los sueños de la comunidad y traducirlos en acciones sostenibles. Loja no puede seguir improvisando su futuro. Lo que se decide hoy —o lo que se omite— será la herencia que recibirán las próximas generaciones.

Y por eso, hoy más que nunca, es momento de dejar la torre de marfil y salir al territorio. Dejar el plano y caminar la ciudad. Dejar el silencio y convocar al diálogo. Porque si hay algo que la historia nos enseña es que las ciudades no son lo que se construye, sino lo que se sueña en común. Y Loja, con su historia, su gente y su potencial, merece soñar en grande. Pero para lograrlo, debemos planificar con alma, con sabiduría y con todos.