La salud mental: también un asunto político

Fernando Cortés Vivanco

Solemos creer que la salud mental depende solo de nosotros. Si nos sentimos mal, escuchamos que debemos ser más fuertes, cuidarnos mejor. Pero ¿qué pasa cuando toda una sociedad vive ansiosa, estresada, agotada?

La respuesta está en comprender, como señalan Berger y Luckmann, que lo que percibimos como natural y cotidiano no lo es tanto: son construcciones sociales. Nuestra idea de estar «bien» o «mal» responde a parámetros de la sociedad donde vivimos, no solo de nuestra mente individual.

La crisis actual de salud mental no puede separarse de las condiciones que impone nuestro modelo económico y social. Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio, explica que vivimos tiempos de autoexigencia extrema. Ya no necesitamos control externo porque hemos interiorizado esa presión: producir más, rendir mejor, destacar siempre. Este mandato nos agota mental y físicamente.

Aquí vemos que la salud mental es asunto político: hay causas del sufrimiento emocional que nacen de una sociedad obsesionada con la productividad, la competencia constante y la falta de tiempo para descansar y crear comunidad. No es casualidad que tantas personas sufran agotamiento o que la ansiedad sea tan común. Son síntomas de una sociedad que mide el valor humano solo por el rendimiento individual.

La solución no puede ser únicamente médica o individual, aunque ambas son relevantes indudablemente. Necesitamos cambios en políticas públicas que aseguren una vida más justa, equilibrada y humana. Es cínica una sociedad que pide tranquilidad a quien no llega a fin de mes y debe alimentar a sus hijos. Esto implica reducir la precariedad laboral, disminuir la presión por el éxito personal y fortalecer vínculos comunitarios que creen verdaderas redes de apoyo emocional.

La falta de políticas integrales sobre salud mental refleja cómo ciertos temas quedan marginados de la agenda pública. Es imprescindible avanzar hacia políticas explícitas, inclusivas y transversales que ubiquen la salud mental como prioridad social y política, no solo como responsabilidad individual.

En este contexto, resulta clave impulsar la Revolución de los cuidados. Primero, el autocuidado: escucharnos con atención, permitirnos descansar, divertirnos sin culpa, dejar de juzgarnos y valorar la introspección. Segundo, el cuidado mutuo, reconociendo que la sanación es colectiva. Festejar, apoyar, hacer minga… fortalecer los vínculos afectivos y reconstruir la confianza social.

Entender la salud mental como asunto político nos ayuda a comprender que nuestro bienestar depende del entorno donde vivimos y de las condiciones sociales que aceptamos como normales. Recuperar nuestro bienestar emocional requiere transformar nuestra sociedad: valorar menos la competencia y más la cooperación, menos la exigencia y más el cuidado mutuo.