Realidad, lectoescritura e ilustración ecológica

Galo Guerrero-Jiménez

Leer la vida, los sueños, la realidad, mi existencia, la naturaleza, nuestro ecosistema; leer a la sociedad, a la cultura, a la educación, al arte, a la ciencia y a la tecnología; en definitiva, leer un texto en cualesquiera de sus formatos, pero, en especial, leer mis pensamientos, mi actuar, mis recuerdos y mi proceder ante el medio en el cual comparto la vida en este continuo entrenamiento comunicativo y, especialmente, comunitario con el texto escrito, que es el portador de una sabiduría excelsa, de un conocimiento temático que el especialista en un área determinada, sabe cómo expone lingüística, estética y éticamente cada enunciado.

Sin embargo, la pregunta vital, perenne, a veces peregrina de qué es leer, para qué hacerlo, por qué, cómo y de qué me sirve todo este accionar en este entrenamiento hacia lo humano en calidad de ciudadano común y corriente, o quizá con una enorme influencia política, religiosa, científica, tecnológica, artística o humanista en general. Es decir, ¿sirve para algo este proceder alfabetizado con el cual en la educación formal en todos sus niveles se sigue interviniendo desde la lectoescritura, desde la oralidad; en fin, desde la palabra que, como siempre, la genera el ser humano y, hoy, la tecnología en todas sus variantes electronales y de inteligencia artificial que, se entiende, sirve para canalizar nuestras inteligencia natural hacia los más nobles objetivos ontológicos y de humanismo para enfrentar la realidad en su infinidad de posibilidades para acercarnos al conocimiento de la naturaleza y, en especial, del nuestro, es decir, de nuestro mundo interior.

En definitiva, como señala el novelista griego Theodor Kallifatides: “La realidad no es más que un pretexto para ver otra cosa” (2023). Y ese ver otra cosa está enclavado en lo más hondo de nuestra realidad ontológica, en nuestra educación, en nuestro filosofar. Creo que es aquí donde entra, con pleitesía, el campo de la lectoescritura que contribuye a darle sentido al mundo humano y al mundo ecológico y tecnológico-virtual; pues, se trata de una realidad en donde cada cual la analiza, la investiga y la asume desde infinidad de posibilidades axiológicas, hermenéuticas, estético-artísticas, científicas y humanísticas que le son inherentes a cada persona que se compromete con su aporte intelectual para, hoy, en plena incertidumbre mundial de tantos problemas que nos aquejan frente al nacimiento y crecimiento de un nuevo mito, en cuya narración simbólica, según el criterio de Santiago Berute (2021):

Asistimos a un marcado relato fundacional de una nueva era de ilustración ecológica, el cual debe satisfacer la necesidad primordial de arraigo y pertenencia de los terrícolas: dotar de sentido a los sacrificios necesarios para revertir la situación y aunar subjetividades -es decir, el pretexto para ver otras cosas que nos iluminen- en la tarea común de poner freno a la degradación de la biosfera, con una preparación que nos permita, desde el mundo de la lectoescritura, formarnos para, en efecto, dotar de sentido al problema ecológico del cambio climático que hoy con enorme preocupación lo vivimos con zozobra.

Leer, entonces, todas estas realidades, para crear una sabiduría acerca del mundo de lo incierto, tomando en cuenta lo que es leer en cuanto a que, entre tantas posibilidades, como las que señala Joan-Carles Mèlich (2020): Leer es interpretar un texto, es decir, descubrir su significado, ni más ni menos que expresar una visión del texto, una perspectiva de lo que el texto dice sabiendo que, del mismo modo que no hay cosa-en-sí, tan poco hay texto-en-sí, que cualquier texto solo es en relación con otros textos [otras subjetividades], en relación con sus lectores y sus detractores o constructores, sus circunstancias y posibilidades; por lo tanto, el significado será siempre plural, porque los lectores, axiológicamente, nunca son los mismos.