La alegría de leer emotivamente desde la niñez

Galo Guerrero-Jiménez

Los buenos lectores siempre recuerdan la manera cómo llegaron a empoderarse de la lectura, bien a través de sus padres, de un docente, de un amigo, en la biblioteca, en el aula, en una librería o en algún recinto especial, o quizá por azar. La euforia de leer siempre les representó uno de los más apasionantes disfrutes emocionales; lo de la intelectualidad, o el hecho de leer para informarse, para aprender o profesionalizarse, llegaría después.

Es por la emoción que una gran mayoría de lectores niños o ya jóvenes se acercaron a la lectura  con la mayor placidez que la alegría, su libertad y el carácter de su autonomía, les permitió acercarse muy orondos a leer su texto predilecto, seleccionado por su cuenta o a través del mediador que fue la primera persona que los embarcó en esta tarea educativa, cultural, estética y fluidamente humanista; pues, desde esta realidad aprendieron a disfrutar de cada historia, aventura o ficción que les llegó al alma, al corazón y a su psique más sentida.

Así lo experimenta el neurocientífico español Francisco Mora cuando da fe de su amor por la lectura a la temprana edad de cinco años: “Recuerdo con claridad la facilidad con que las letras (escritas) se unían formando sílabas y cómo esas cobraban vida al pronunciarlas después de oírlas por boca del maestro. Y cómo las sílabas unidas unas con otras y como por magia, formaban las palabras, con sus significados y emociones. Y, cómo después, las palabras se unían, sobre un trozo de papel, creando como un espejo ese mundo ‘real’ que ya conocía por el mismo lenguaje oral. Y ya tiempo más tarde las palabras, en consecuencia, como barquitos en un mar de comunicación, formaban un texto” (2024) para leerlo con todo el deleite posible.

Así, como  este testimonio de un buen inicio lector, gracias a Dios y a la vida, muchos niños y jóvenes tienen la oportunidad de acercarse a leer un texto con la alegría que su edad les permite disfrutar; no así, otro gran sector de la niñez y juventud que en su edad escolarizada no tuvo nunca la oportunidad de tener una persona adulta, ni en la familia ni en la escuela, que los haya encaminado a sentir el placer pleno de leer con entusiasmo y sin amenazas de leer para llevar a cabo una tarea escolar, o con otro tipo de agravios que les diezmaron el interés y la fortaleza para leer por su cuenta y con la mayor espontaneidad.

Otro caso de gran congratulación y colorido lectores, lo tuvo el escritor peruano Mario Vargas Llosa; él cuenta que aprendió a leer cuando tenía cinco años en el Colegio de la Salle: “Nuestro profesor era el hermano Justiniano, delgadito, angelical y con la cabeza blanca casi rapada. Nos hacía cantar las letras, uno por uno, y luego, cogidos de las manos, en rondas, deletrear, identificar las sílabas en cada palabra, reproducirlas y memorizarlas. De los coloreados silabarios con animalitos pasamos al librito de historia sagrada y por fin a las historietas, los poemas y los cuentos. Estoy seguro de que en esas Navidades de 1941 el Niño Dios depositó en mi cama una pila de libros de aventuras, de Pinocho a Caperucita Roja, del Mago de Oz a la Cenicienta, de Blanca Nieves a Mandrake el Mago” (2015).

Es evidente la alegría de estos niños que, por la exquisitez que tuvieron de aprender a leer con el mayor entusiasmo y, cargados de una gran emocionalidad que, luego sí, con ese mismo entusiasmo, pasaron a conformar una vida lectora para siempre, desarrollando su gran intelectualidad, emocionalidad y riqueza espiritual, bien en calidad de escritores o de profesionales altamente competentes que se entregaron a seguir repensando el lenguaje, puesto que, la construcción del pensamiento nos lleva a la mayor creatividad humana, tanto para la creación de la literatura, como para la investigación de la ciencia y del humanismo.