La cátedra del encebollado

Fernando Cortés Vivanco

El encebollado no es solo un plato: es una filosofía. Nadie discute si es mejor el pescado, la cebolla o la yuca. Cada ingrediente aporta lo suyo, y juntos crean algo que ninguno podría lograr por separado. En cambio, en el activismo parece que olvidamos esta sinergia, esta sabiduría culinaria de la complementariedad.

En el activismo ambiental he observado una división artificial que nos debilita. Por un lado, quienes apuestan a la transformación institucional: trabajan con el Estado, las agencias de cooperación, buscan cambiar el sistema «desde adentro». Por otro, quienes crean alternativas: ecoaldeas, sistemas ecológicos, buscan demostrar que otro mundo es posible.

Los primeros ven a los segundos como «hippies» que se aíslan en lugar de transformar la realidad que vivimos todos. Los segundos critican a los primeros por «incoherentes», porque trabajan dentro del sistema que critican. Ambos se miran de reojo, cuando comparten el mismo propósito: hacer un mundo más justo y ecológico.

Es como el debate de si el encebollado es mejor con pan o chifle. La mejor receta es la que te gusta. No existe la mejor forma de luchar, lo importante es luchar.

Esta división tambien la he visto en el mundo de las ONG y la Academia. En las ONG critican a la Academia por dedicarse más a papers que a crear alternativas reales, por ser «muy teóricos». Desde la Academia cuestionan a las ONG por no basarse suficientemente en evidencia. Se ven de reojo, pero son complementarios: unos investigan para una acción basada en ciencia, otros están en territorios reconociendo las particularidades de cada contexto para acciones situadas.

El encebollado nos enseña que la diversidad no es división, sino potencia. Cada ingrediente mantiene su identidad, pero se transforma en el encuentro con los otros. La cebolla no deja de ser cebolla, pero se vuelve más dulce. El pescado no pierde su esencia, pero se impregna de sabores. La yuca aporta su textura, pero se enriquece con los caldos de los demás.

Así debería ser nuestra lucha por la transformación social. Los que trabajan institucionalmente necesitan la creatividad y la coherencia de quienes crean alternativas. Los que construyen sistemas alternativos necesitan la capacidad de incidencia de quienes navegan las estructuras existentes. La Academia necesita el conocimiento territorial de las ONG. Las ONG necesitan la rigurosidad investigativa de la Academia.

Todas las luchas son una lucha: la lucha por un mundo donde la dignidad sea costumbre. Es hora de dejar de discutir cuál ingrediente es mejor y ponernos a cocinar juntos el cambio que tanto necesitamos.