P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
La Sagrada Escritura contiene, entre su múltiple riqueza, libros que configuran la literatura sapiencial. Esta sección articula los libros históricos y proféticos. La trilogía de textos confiere a la Palabra de Dios el lugar más destacado entre la abundancia bibliográfica y la profundidad espiritual que dignifica la vida del hombre. Nos centramos, de modo particular, en el Eclesiastés. Su autor da la impresión de escribir un testamento cargado de pesimismo y realismo, a la vez.
Respecto al primer aspecto leemos un fragmento: “¿Qué provecho saca el hombre de todos sus trabajos y afanes bajo el sol?”. El esfuerzo cotidiano que le ha llevado a trabajar, día tras día, para alcanzar satisfacción en su desarrollo personal, con proyección social, parece que resulta insuficiente e innecesario: “De día, dolores, penas y fatigas; de noche no descansa. ¿No es también eso vana ilusión?”.
El realismo, crudo y existencialista en su máxima expresión, nos deja mucho espacio para reflexionar. Sin embargo, recibimos el impulso para hacer lo que nos corresponde con recta intención. Todo esfuerzo tiene, como premio, el logro de la satisfacción del deber cumplido. La vida, creación divina, brilla con el resplandor de un eterno amanecer. Nuestra gratitud hacia el autor de todo cuanto existe debe expresar con hechos y palabras la belleza del mundo que tenemos. En la espiritualidad del autor del Salmo 89 destacamos algunos valores: humildad, discipulado, contemplación, júbilo y confianza: “Que el Señor bondadoso nos ayude y dé prosperidad a nuestras obras”.
Nos viene a la mente la simplicidad fervorosa de san Francisco de Asís. Dios vive y actúa en todas las cosas creadas porque provienen de un corazón lleno de amor misericordioso. La sabiduría del salmista, proverbial y contagiosa, suplica: “Enséñanos a ver lo que es la vida y seremos sensatos”. San Pablo escribe, en su carta a los Colosenses, una radiografía de su pasado y presente. El discípulo del gran maestro Gamaliel, perseguidor acérrimo de los primeros cristianos, cambió su afán de grandeza y la resistencia que brotaba de una soberbia nacionalista, superlativa y superficial, por la humildad de un hombre, Jesús de Nazaret.
La gran paradoja, propia del llamado de Dios, lo llevó a encontrar su tesoro: “Pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra, porque han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios”. Nos invita a vivir en armonía y paz con nosotros y la humanidad: “Den muerte, pues, a todo lo malo que hay en ustedes: la fornicación, la impureza, las pasiones desordenadas, los malos deseos, la avaricia…”.
El hombre viejo tendrá que morir sepultado en la profundidad de las tinieblas. Un compañero de misión de Pablo, Lucas, evoca y acentúa la dualidad de la existencia del hombre que pregona su orgullo porque cree que tiene todos los bienes terrenos y, en ellos, encuentra su plenitud: “Ya tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe, date la gran vida”. Dios tiene la palabra justa y la voluntad necesaria para llevarlo a ocupar su espacio: “¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán tus bienes?”. De nada nos servirá amontonar riquezas, aquí, si no la buscamos en Dios.
