“Cuando se contempla el espectáculo de destrucción y abandono de nuestro patrimonio artístico, generalmente se tiene la tentación de acudir, como única explicación, al tópico fácil de la agitada historia de nuestro pueblo. Desde luego no vamos a restar la importancia que merece a la incidencia negativa que el fanatismo o la inestabilidad han podido ejercer sobre el legado artístico de nuestro pasado, pero, aun aceptando tales imponderables históricos y algún otro más que se nos ocurra, lo que no puede ya ocultarse es la desastrosa política que sobre el patrimonio artístico se ha llevado en el país durante casi toda su época contemporánea. Y si nos fijamos en nuestra historia contemporánea no es sólo por razones de inmediatez, sino por ser durante esta época -¡triste paradoja!-cuando se producen, por primera vez, las que deberían haber sido condiciones óptimas para la protección y el estudio de¡ patrimonio artístico.”
Las crisis que vivimos los ecuatorianos se han agudizado con las últimas leyes enviadas por el presidente Noboa y aprobadas por la asamblea nacional. Afortunadamente la reacción del pueblo ecuatoriano ha sido contundente contra un gobierno que se ha convertido en una dictadura, que pretende favorecer solamente a quienes tienen el poder económico. Sin embargo, el dictador pretende aplastar con la violencia policial y militar toda manifestación de inconformidad. En este escenario, hemos recuperado viejos sueños: contar las historias de quienes hacen la Historia y sin embargo no están en los libros de Historia. En lo local, la presencia del Historiador Galo Ramón Valarezo, nos ha reforzado esta idea. Es el momento histórico de escribir las historias de quienes hacen la Historia.
¿Cómo enfrentar este reto? Desde dos perspectivas: lo primero, las universidades deben abrir espacios para las Ciencias sociales. Segundo, debemos pasar de los Estudios Sociales a las Ciencias Sociales.
El Testimonio de Eduardo Galeano nos proporciona algunas pistas para volver los ojos a las Ciencias Sociales para que nos ayuden a construir la patria que nos merecemos y que debemos dejar como herencia a nuestra descendencia:
“Yo fui un pésimo estudiante de historia. Las clases de historia eran como visitas al Museo de Cera o a la Región de los Muertos. El pasado estaba quieto, hueco, mudo. Nos enseñaban el tiempo pasado para que nos resignáramos, conciencias vaciadas, al tiempo presente: no para hacer la historia, que ya estaba hecho, sino para aceptarla. La pobre historia había dejado de respirar: traicionada en los textos académicos, mentida en las aulas, dormida en los discursos de efemérides, la habían encarcelado en los museos y la habían sepultado, con ofrendas florales, bajo el bronce de las estatuas y el mármol de los monumentos.
Ojalá “Memoria del fuego” pueda ayudar a devolver a la historia el aliento, la libertad y la palabra. A lo largo de los siglos, América Latina no sólo ha sufrido el despojo del oro y la plata, del salitre y del caucho, del cobre y del petróleo: también ha sufrido la usurpación de la memoria. Desde temprano ha sido condenada a la amnesia por quienes le han impedido ser. La historia oficial latinoamericana se reduce a un desfile militar de próceres con uniformes recién salidos de la tintorería. Yo no soy historiador. Soy un escritor que quisiera contribuir al rescate de la memoria secuestrada de toda América, pero sobre todo de América Latina, tierra despreciada y entrañable: quisiera conversar con ella, compartirle los secretos, preguntarle de qué diversos barros fue nacida, de qué actos de amor y violaciones viene.”
