Por: Sandra Beatriz Ludeña
Asisto a esta historia con la reverencia de quien sabe lo que es el milagro de la vida, en estos días que cumplo un aniversario más de vida, traigo esta breve reflexión sobre lo que es sentirme viva. Como un regalo divino, la vida tiene su misterio y también, su encanto. Quién diría que desde los días de la infancia hasta estos tiempos de sufrimiento hay momentos que valen los sacrificios pagados. Pues sí, es cuestión de mirar con detenimiento, pensar y sentir.
Desde el tiempo de la infancia cuando una muñeca pudo encenderme el corazón, hasta este momento, cuando ayudar a cumplir sueños a los soñadores como yo es mi realización; siento tanta emoción, igualable a aquella de abrir la caja de ese precioso regalo, y sacar la hermosa Francolina que me aguardaba para ser mi compañera de sueños. Era rubia y risada, era ojos azules, con tes dorada y semblante angelical; con ella mirábamos los actos generosos de mamá, la hermosura de las muñecas dormilonas y expresivas que iban llegando cada Navidad, el misterio del oso de cuerda que al mover su perilla saltaba y sacaba la lengua, o las ganas de nadar del patito amarillo, que en su mirada encerraba tanta intensidad. Pensaba que aquellos juguetes amaban igual que yo, entonces, debía cuidarlos, acompañarlos, protegerlos, ayudarlos a ser felices. No era amor a las cosas, sino amor a su esencia, porque allí brillaba la generosidad de quién me los obsequió, la bondad de quién los fabricó, la habilidad de quién los diseñó, la creatividad de los artistas que un día los dibujaron, como quién dibuja un mundo más feliz para los otros.
En el camino de la infancia los juguetes se fueron transformando, ya no eran solamente los fabricados y obsequiados, luego aparecieron los que mi inventiva me permitía animarlos, así no faltaron las muñequitas hechas de hoja de cuadernos arrancada con desdeño, o las conformadas con las semillas del mango y del durazno. Eran tiempos en los que la televisión blanco y negro era lo máximo, y ni soñábamos con teléfonos celulares, por esto, habíamos visto con admiración los fantásticos aparatos que manejaba un familiar, y que decía que eran radio-transmisores, por esto, mi imaginación hacía de un cuadradito de tabla la figuración de un radio-transmisor, y así aprendí a hablar en código morse.
Los días pasaron, los años se acumularon, los problemas crecieron, y aunque mis juguetes quedaron guardados en un lugar olvidado de mí, lo que me enseñaron no se ha borrado. Hoy, veo en los sueños del otro, una forma de prodigar amor, de ayudar a realizar seres humanos buenos, que hagan el bien, que dibujen un mundo más feliz para compartirlo. La caja de regalo de la vida no tiene manual, ni instrucciones y, aunque todos nos equivocamos, no pretendo lastimar al otro, ni creer en las mentiras de resentidos que crean mundos según su perversidad.
La vida nos da días soleados en los cuales maravillarnos con su esplendor, pero también están los días de lloviznas, en los cuales disponernos a sentir, a ver la milagrosa presencia de su realización. Asistir a la vida ya es una increíble prosperidad, ya es una magna oportunidad. Vivir entre cacerolas sencillas, pero con comida caliente, con cuidados del que ama, nunca dejará de ser mejor que estar entre palacios, pero amenazado por la desconfianza. La vida es una sola hoja, y por esto, trato de llenarla con cosas buenas, trato de que siempre esté verde, esté viva, e impedir que el moho del tiempo corrompa mis sueños, y que los juguetes insomnes nunca dejen de ilusionarme. Porque un aniversario en una hoja es el mejor regalo, el mejor amor que nos prodiga la vida.
